
Exposició Internacional de 1849 a Paris
L’enquadernació editorial, la indústria aplicada a l’art.
L’enquadernació catalana de començaments de segle no es pot entendre sense contextualitzar-la amb l’enquadernació francesa. El mateix passa si parlem de l’enquadernació editorial o industrial, anomenada en francès de cartonnage. Hem vist com a l’Exposició de París del 1849, l’editor i impressor Didot va fer una defensa dels nous corrents que calia tenir en compte gràcies, principalment, als avenços tècnics i mecànics. Didot ressaltà les qualitats extraordinàries dels cartrons de la Casa Lenègre, els quals afavorien l’exportació del llibre francès. Lenègre fou el primer que amb procediments molt simples va saber aplicar l’ornamentació en color sobre la roba, imitant les enquadernacions que van pertànyer a Francesc I, Enric II i Diana de Poitiers. Papers de colors brillants enganxats sobre la roba feien de mosaics i els seus daurats, de vegades amb or fals, s’obtenien mitjançant una planxa sencera pressionada amb premses de volant i escalfades al vapor. Les enquadernacions que es van presentar en aquesta exposició no valien més de cinc francs i presentaven el mateix atractiu a la vista que les enquadernacions en pell, el cost de les quals hauria anat de 50 a 100 francs.
A mitjan segle aquestes enquadernacions de tipus industrial eren confeccionades, encara, amb màquines molt rudimentàries. L’armadura de l’enquadernació continua sent la mateixa: el plegat dels plecs i el cosit es confeccionen a mà ( la màquina de cosir no apareix fins a l’any 1889). Un mecànic anomenat Massicot idea la primera màquina de tallar els llibres amb rapidesa, i és perfeccionada, anys després, i comercialitzada amb el nom de massicot, tot i que en alguns països, incloent-hi el nostre, l’anomenem guillotina, invent que suposa una multiplicació en la capacitat de tallar els llibres respecte a la màquina que substitueix, l’ingeni. Per aquestes dates apareixen la cisalla per tallar cartró i la premsa per treure caixos, a pedal. Totes elles tenen el mateix efecte: un enorme augment de la productivitat.

Les premses de daurar encara són de fusta i el seu objecte no és altre que prémer la planxa escalfada a part en un fogonet de carbó. A la qual s’enganxava al darrere un cartró per tal que l’aprenent no es cremés els dits. Més tard es va comercialitzar la premsa “Thonnelier”, construïda per Cail et Cie., feta servir a França per a l’encuny de monedes. A Anglaterra es va construir una premsa de daurar amb el nom d`”Imperial Arming Press”, una aplicació de la premsa anterior, tot i que permetia ser escalfada mitjançant tubs de ferro incandescents. Pocs anys més tard, s’arribà a la premsa calenta, escalfada per gas i aire, que perfeccionà el daurat i l’entitat de les planxes fixes a la platina superior.
Hom ha pogut observar que l’enquadernació industrial no fou una manifestació de trencament, sinó un derivat de la necessitat de produir amb més facilitat, a causa de la creixent vulgarització del llibre, sense que aquest perdi l’aspecte d’una obra d’art”.
“L’enquadernació editorial: la indústria aplicada a l’art”, de l’article: “Del relligat manual a l’enquadernació industrial i el relligat artístic de bibliòfil”, per Aitor Quiney, en el llibre: L’exaltació del llibre al Vuitcents. Art. Indústria i consum a Barcelona. Pilar Vélez( ed.); Biblioteca de Catalunya, Barcelona, 2008.

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—Recuerdo — le dije — que la primera vez que le vi a usted fue en la librería de ocasión de García Rico Me dijeron que iba usted con mucha frecuencia.
—Si, iba mucho. García Rico fué el librero más importante de mi época.
—Y, ¿recuerda usted a muchos «pequeños libreros» de ocasión?
—Si. A principios de siglo era muy distinta a como es ahora la geografía de las librerías de viejo en Madrid. En la iglesia de San Luis, en la del Carmen y en la de San Sebastián, había una especie de huecos o covachuelas donde se instalaban unas estanterías con libros de lance. En el Teatro Real, en una pequeña cornisa de mármol, tenía Julio Gómez — ese que está ahora en la Feria del Libro — un tenderete con una cuerda. Luego, me acuerdo también de Pepin, un asturiano que se dedicó a la compraventa de libros, a pesar de que — me parece — no ¡sabía leer”. Ah ¡ , en la calle Preciados había unos escalones por los que bajaba uno a una tiendecilla de libros. Melchor García, que hoy tiene ya en el gremio una bien ganada personalidad, tenía una cervecería en el mismo sitio donde ahora está su librería. Se asoció con uno del Rastro a quien llamaban el Chanela, pero tuvo muchos disgustos con él. También recuerdo a un tal Flias, medio tuerto, que se metía en un cajón, envolviéndose en una manta, los días de Navidad en que apretaba el frío y desde su refugio atendía a la venta de sus libros. Pedro Vindel, el de la calle del Prado, dicen que había sido mozo de cuerda; le tocó dos veces el premio «gordo». Un día, estaba Vindel en el café de San Marcial, entró una chica vendiendo lotería, y pasaba sin pararse, en cada vuelta, ante la mesa

donde estaba él. Entonces Vindel se enfadó: «Tú crees que no tengo un cuarto y que no merece la pena ofrecerme un décimo. Bueno, pues te voy a comprar un billete, entero». Así lo hizo, y le tócó el «gordo». Y luego, otra vez. En cuanto a Marianito Ortiz, amigo de Azorín, tenia un puesto en los derribos de la Gran Vía.No entendía de libros: si había pagado por uno tres pesetas, pedía cuatro, y en paz. Otro que recuerdo es Bataller, un valenciano vendedor de cacahuetes, rubio, con facha de sabio. Era el marido de doña Pepita, la famosa dueña de la librería de lance por donde han pasado casi todos los estudiantes madrileños. Este Bataller era naturista, llevaba siempre una blusa blanca e inventó el «intercambismo», o sea, como decía él, «la teoría de la supresión de la moneda». «Yo doy un libro, y a mi me dan una berza», ese era su sistema. Como en tiempos de la Guerra Europea anterior se pagaba a elevados precios el papel, Bataller cortaba con una guillotina los márgenes, de los libros, y vendía estos restos a una peseta el kilo. Yo me enfadé con él por el estropicio que causaba en los libros: Es usted — le dije — el Atila de la librería! » «Se equívoca, señor Baroja — me contestó — yo siento un profundo respeto por la cultura » Fiel a su credo naturista, acabó no comiendo más que cacahuetes. Bataller era socio de Carretero, que tenia una taberna en la calle de Peralta. Este Carretero también era «intercambista». Merece la pena citar a otro librero de viejo, un tal Viñas, establecido en la calle de la Luna, que había sido, sargento en Cuba , vino a Madrid y se desesperaba de haber venido a la «madre patria», como él decía, porque se le ocurrió asistir a un baile de Capellanes (de la calle de éste nombre) y había creído que por ser «de Capellanes» no habría máscaras y sería una cosa seria. Pero si había máscaras, y una de ellas fué una viuda con la que acabó casándose.

—Y, ¿cuándo se sistematizó la profesión ?
—»Lo que más contribuyó a ello fué la publicación, en 1912 ó 1913 del catálogo de García Rico, un grueso volumen preparado por el yerno de este, Ontañón. Era un buen índice para saber el valor de cada libro Había unos 10.000 ó 12.000 títulos. Esto «despejó» a todos los libreros
— ¿Ha podido usted encontrar muchas «gangas» en las librerías de lance, libros de valor desconocido para el librero?
—No, no — me contesta Baroja, riéndose —, en absoluto. Mire usted, en París andaba yo buscando el «Tablean de l’ inconstance des mauvais anges et démons», un libro de Pierre Delancre sobre la brujería en el país vasco. Le dije a un librero: «Mil francos le doy por él». Pero el libro parecía que se lo había tragado la tierra. Al cabo de dos años, vi que estaba esa obra en un catálogo por 200 francos. Entonces escribí a París, sin darle mucha importancia a la compra, y me mandaron el libro. El caso es no demostrar un interés demasiado vivo, como hice en una ocasión anterior mandando un telegrama para que me enviasen una primera edición del «Examen de Ingenios», de Huarte. Se dijeron : « ¿ Un telegrama ? Que pague el doble.»
—¿Recuerda usted algo de los libreros de lance en Barcelona? ,—Allí conocí a un librero anarquista Me regaló unos tangos que editaba él. Una vez fui, con Junoy al Centro anarquista de la calle de San Pablo, y allí estaba el librero, estuvimos oyendo los discursos. y yo me puse en contra de ellos, diciéndoles algunas cosas que se me ocurrieron contra sus teorías. Pues bien, al cabo de 25 años, estando yo en Barcelona, almorcé un día con Junoy en la Barceloneta, después fuimos a Atarazanas, y Junoy me indicó un puesto de libros viejos «Mire Baroja, ese no quiere vender libros sobre la guerra porque es anarquista» . Entonces vi con sorpresa que el hombre me recordaba. Era el librero de veinticinco años antes. Habría que repetir el tópico de que el mundo es un pañuelo algunas veces. Si, pero otras veces es una sábana inacabable
Entrevista a Pío Baroja per R.V.Z., a la revista Destino, n. 405 del 21 d’abril de 1945.

