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Archive for the ‘Oficis del llibre’ Category

“Aquest nom d’Oliva es conegut y respectat; per això no cal que’l presentem als nostres lectors. Es vulgar el nom d’Oliva, mes quan un diu: «Ho ha fet l’Oliva», «es de l’Oliva», “se’n cuida l’Oliva”, ja tothom sab de qui’s parla: d’aquells homes de Vilanova que no’n fan més que un, com un es el seu cognom, que ells han honorat.

             Doncs aquests Oliva han volgut fer lo que ab el seu nom, ab un altre, ab el nom Anuari. Anuari es una paraula d’una eloqüència gran, que ha sigut falsejada, y avui no’ns suggeria altra idea que la de centenars de fulls de paper primet y pesant, relligats en un o dos volums d’ample llom y plens de columnes y més columnes de noms, oficis, professions y anuncis. Les tapes semblen folrades de retalls d’última pàgina de diari fets venir be pera que n’hi càpiguen més.

             Anuari, fins ara, era inquietut de cercar, avidesa pera fer llistes, indagació pels afers … tot neguit, impaciència, pressa… Aquells homes que’s diuen Oliva, de Vilanova, ens l’han treta aquesta suggestió de la paraula Anuari; es que han fet un llibre y li han posat Anuari, seguint el mot del nom, Oliva. Oliva ha tornat Anuari a la seva eloqüencia primitiva, fentne un llibre hermós, com sortit de les seves premses, en el que hi han aplegat als homes que fan el nostre any artístic-literari.

             Anuari, y Anuari Oliva encara més, suggereix ara idees de l’íntim plaer de la calma de repassar les agradables coses esdevingudes durant l’any, y aquest repas el fa venir l’Anuari Oliva no formalment, sinó per associació d’idees provocades per la lectura y vista de cosa feta de fresc per la gent que ha figurat durant l’any en el món artístic.

             Les lletres y les arts catalanes tenen un motiu més d’agraiment envers els Olivas de Vilanova.

            Anuari Oliva. Per Ignasi Folch. Futurisme. Revista Catalana, núm.3, juliol 1907.

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Manuel Desantes

 “En el museo aerospacial de Washington te dejan tocar la luna. Es un pequeño fragmento de roca selenita, al tacto no se diferencia de cualquier piedra de la calle. En la biblioteca del Colegio de Notarios de Alicante te permiten rozar con las yemas de los dedos un incunable del Quattrocento florentino, una página de la Divina Comedia. Un papel rugoso, nada más. Ni en el Smithsonian ni en esta pequeña estancia alicantina es el tacto lo que conmueve: son la imaginación y la memoria.

            Manuel Desantes tiene mil historias que contar. El lector curioso hallará fácilmente su biografía, que aquí nos dejaría sin espacio para exponer su relato. Baste saber que domina el español, el inglés, el francés y el catalán, y lee y comprende el alemán, el italiano y el portugués. Ha vivido en nueve países, conoce todas las librerías de viejo del mundo (¿Todas? “Si no he estado en todas, con todas he hablado por teléfono”). Y padece un mal de difícil curación: le obsesionan los libros antiguos…

Atles imprès en temps de Felipe II

… Porque esta “biblioteca de los libros felices” -y éste es el relato que nos ha traído hasta aquí- no se ha creado para el disfrute del lector, sino para el bienestar de los libros. Cuenta Desantes que los 4.200 volúmenes -libro arriba, libro abajo- acumulados en cuarenta años de “bibliopatía” (el escalón patológico al que conduce una bibliofilia desbocada) se sentían incómodos en su casa, tristes, abandonados, “se sublevaron”.

Así que decidió buscar un lugar donde ponerlos a disposición del mundo, donde devolverlos al origen para el que fueron creados. Dice Desantes que los libros son seres vivos, compuestos de piel animal, confeccionadas sus hojas de materia vegetal. Y mientras lo dice uno piensa en que alguien que ha cambiado nueve veces de ciudad debía estar harto de tanta mudanza (en el trabajo uno tiende siempre al prosaísmo). “Sí, hacen falta trescientas cajas”, responde, “y no cualquier caja, y no en cualquier orden”. Y se imagina uno la logística, y comprende uno el estrés de los libros, con tanto ir y venir.

Ahora están aquí, en el sobrio y elegante edificio de los notarios alicantinos -quién mejor para custodiar semejante tesoro y hacerse cargo del seguro- y a disposición de quienes deseen, previa cita, visitar a Don Biblio (una estatuilla de madera que ejerce de anfitrión). Ya lo han hecho cientos de personas, y hay reservas hasta el mes de abril, porque no conviene acumular demasiada gente en tan delicado espacio…

… “Fíjate en esto, esto lo ha pintado un antecesor tuyo hace 540 años, y demuestra que Leonardo copia a Vitrubio, Vitrubio a Aristóteles…”, señala con devoción Desantes, inclinados ambos sobre una Física del filósofo. Y admira uno su entusiasmo, y piensa en el efecto contagioso que quizá tenga en algunos -tal vez pocos, seamos realistas- de los estudiantes que silencien por un rato el móvil para ver, oír y tocar estos libros que han recorrido el mundo (“la mayoría los compré en el extranjero”) hasta llegar aquí.

Puede que algún purista sufra porque una biblioteca que contiene dieciséis incunables (editados desde la invención de la imprenta en 1453 hasta el 1500 ) resulte tan accesible. Desantes: “Todos los libros antiguos han sido digitalizados, en 2018 acabó la gran digitalización. Eso está muy bien, y surgió la conciencia de que los libros había que preservarlos, para que sobrevivan al paso de los años. Eso implica que todas las grandes bibliotecas se han llevado a cámaras para preservarlos de los ácaros, la temperatura, la humedad…”

Divina Comèdia del segle XV

Pero para Manuel Desantes estos libros, como una persona de edad avanzada, “quieren que les cuiden, que les acaricien, que les traten como seres vivos”. De modo que este es el relato: “Los libros antiguos están extremadamente tristes en todo el mundo porque los tienen encerrados en cámaras. Por eso decidimos hacer la única biblioteca del mundo donde los libros son felices”.

            En visitas organizadas de grupos muy pequeños, los libros “se dejan” acariciar. “Ninguno de los libros se ha deteriorado, al revés, están hiperfelices, mira”, dice incorporándose y tomando con delicadeza uno. “Este es el ejemplar único de la primera edición del primer libro editado en la provincia de Alicante: de 1625, en Orihuela, un encargo eclesiástico al tipógrafo Agustín Martínez, el primer impresor que se instala en la provincia”.

    En una vitrina, descansa toda la obra, inmensa, de Cicerón. No resulta extraño que una eminencia del Derecho Internacional como Manuel Desantes admire al jurista y político (“extraordinario jurista y pésimo político”, matiza). Sería buen momento de aprender para quien no pasó de la primera catilinaria, pero no queremos abusar de la paciencia del profesor Desantes, y él no quiere dejar de mostrarnos otra cosa: el libro más maldito de la historia.

            “Es el directorio de la Inquisición”, dice mientras toma un grueso volumen de oscuras tapas. “Pero no cualquier directorio”, añade, “el directorio canónico, donde figuran todas las razones para quemar a la gente o para quemar los libros; la razón tiene que estar aquí”. Y el catedrático nos explica que el proceso de la Inquisición no admitía defensa, pero la acusación tenía que estar justificada en algún motivo que figurara en el libro. Estremece comprobar lo extenso del documento, impreso en 1585, el momento álgido de la Inquisición.

            La primera edición de la primera historia de España, una Biblia de Gutenberg, una obra de San Juan de La Cruz impresa cuando aún no había sido elevado a los altares, traducciones al francés y al italiano de Santa Teresa editadas apenas cuarenta años después de su muerte, un pequeño atlas a color de la época en que Felipe II gobernaba un vasto imperio, donde media América del Norte aparece en blanco porque aún era terra incógnita… da fe el reportero de que el tiempo se detiene en esta biblioteca y no puede más que invitar al lector a conocerla en cuanto tenga la primera ocasión.

            Article: “La insólita biblioteca de libros antiguos que permite acariciar incunables en Alicante”, per Enrique Bolland, La Vanguardia-València, 28 novembre 2021.

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“Ja fa alguns mesos que va tenir lloc a la Sala Parés l’exposició dels vuit originals d’ex-libris per als redactors del Cu-Cut!, a causa del conegut caricaturista senyor Cornet. La crítica va estar unànime a apreciar el seu valor artístic dins del gènere caricaturesc a què pertanyen; però alguns van dubtar que fos compatible aquest gènere amb un signe de cultura com l’ex-libris. Tractarem de demostrar el poc fonament de tals reserves, aprofitant l’ocasió per presentar les reproduccions dels exemplars que ens ocupen. La caricatura no és de cap manera una perversió de l’art sinó una manera especial de

considerar-lo, i sent el concepte del mateix purament subjectiu, cal admetre totes les seves formes com altres manifestacions d’aquell concepte de l’art. La caricatura, com la tragèdia, per exemple, no són res més que fills d’un mateix tronc. L’art caricaturesc és antiquíssim i universal; en les lletres va produir la sàtira, i d’aquesta van brotar les immenses riallades de la literatura humorística, amb els mil visatges del teatre còmic; menysprear aquesta atribució de l’art seria desposseir-lo d’una de les seves branques i no certament la menys ufanosa entre totes. Si la finalitat de la bellesa produïda és el millorament moral de l’home,

la sàtira l’ha complert, si bé valent-se dels seus mitjans especials, i amb tan bons resultats que tots els pobles i totes les èpoques se n’han servit i encara se’n serveixen. . Pel que fa al llibre, des de la publicació, el 1497, quan tot just la impremta acabava de néixer, de la «Stultifera Navis» (Nau dels bojos) fins al dia , cada literatura i cada generació han augmentat el cabal de la bibliofília, marcant el seu pas amb una sèrie de fites paral·leles al camí del gran Art. Si aquest és el veritable valor de la caricatura, per què hauria de ser proscrita d’una manifestació tan artística com l’exlibris? L’ex-libris, segell personal que

tendeix a exterioritzar o la manera de ser d’un individu o el gènere de les seves aficions, ha de ser un reflex d’un caràcter i d’una biblioteca; si els llibres que la formen són d’autors festius, en recta lògica la intenció de la marca pot ser humorística; i, si, tenint llibres de tota mena, es compta amb una secció especial en què figuren obres des d’Aristòfanes fins al Rector de Vallfogona, no serà més just adoptar per a aquestes un distintiu especial, que aplicar-los l’ex-libris seriosament imaginat i compost amb destinació a les altres? ; no serà, en molts casos, la pràctica contrària, un anacronisme? D’altra banda, els dibuixos

humorístics de Cornet no són una cosa insòlita en l’exllibrisme. A l’estranger abunden els que porten les firmes de Carruthers Gould, de Mathilde Ade, de Barlosius, de Robida, de Busch, i de tants d’altres; i, dit sigui per a satisfacció nostra, els del Cu-Cut! mereixen alternar amb els més ben concebuts i executats. Podria discutir-se el valor d’aquests ex-libris com a document, per figurar-hi els noms dels seus posseïdors en forma encoberta; mes consta com certa l’existència de les persones els pseudònims o inicials de les quals presenten, i que nosaltres respectarem en la seva incògnita condició. Únicament farem una llista succinta perquè es comprenguin millor certs atributs dels respectius ex-libris. La marca primerament reproduïda en aquest article i que presenta les inicials « J. B. i M. » és la de l’editor-propietari del diari, atribució que apareix simbolitzada per l’alcancía i per l’al·legòrica conversió, en monedes, del cor de l’editor. Imatge delicada que comenta

l’existència circumstancial d’un empresari improvisat. Les inicials «M. F. i T.» del segon ex-libris dissimulen el nom d’un distingit escriptor, que actua com a Director del diari. La poesia sentimental (que segons el gravat va haver de ser especialitat seva) apareix hàbilment ridiculitzada pel gènere fonogràfic, de melopees nasals i recitats incolors per a ús de reunions cursis. Aquelles flors de lliri són el símbol just de tan innocent gènere. Una altra marca ostenta les lletres «K.O.K. » , jeroglífic del nom d’un poeta tan enginyós com espontani. La seva vena satírica no perdona ni aquella pàtria d’artifici, com tampoc a l’ombra del dimoniet burleta que personalitza càusticament el propi posseïdor de l’ex-libri teatral que ens ofereixen els nostres coliseus. És clar que, al diari satíric, les seves crítiques han de ser apropiades, i, així ratllen elles en allò grotesc, com a grotesca és l’adaptació del popular Titella al teatre grec, que ens presenta el corresponent ex-libris, reproduït en quart lloc . “XIM-XIM” és el pseudònim del crític musical (de doble personalitat també) a qui pertany el cinquè ex-libris de la sèrie. El senyor U . (inicial que forma marc al voltant del bust de Wagner) és fervent admirador del gran músic alemany, cosa que no és obstacle perquè en les seves crítiques humorística se’l tracti amb força familiaritat, com ho acredita l’ex-libris. C * Vf- », dibuixant de fecunda vena, ( i

d’inspiració sublim, segons el seu ex-libris) té a la seva marca l’humorístic a representació de la flama del geni, amb atributs de l’art d’Apel·les. La composició no pot ser més còmica dins d’una agrupació tan ben resolta. Una altra de les marques presenta les inicials «”T^. reproduïdes és la del propi artista-enginyer el monograma del qual ♥(CoR) NET » és ja conegut avantatjosament per figurar al peu de nombroses i celebrades caricatures. Cornet és l’ànima del setmanari Cu-Cut!, com a creador afortunat del tipus popular que personifica en la seva ingènita malícia els caràcters especials del poble català. No hem d’insistir més sobre l’exlibrisme humorístic, les mostres que presentem n’hi haurà prou per demostrar el gran partit que es pot obtenir d’aquest gènere, manejat amb talent i sense perdre de vista el simbolisme i les altres condicions que ha de revestir una bona marca de biblioteca.

La caricatura i els Exlibris per Ramon Miquel y Planas, Rev, Ibèrica d’ex-libris, núm. 2, 1903. (imatges de l’article)

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“Decía el connaisseur Paul Lacroix: “Si me preguntasen quien es el hombre más feliz, respondería: un bibliófilo – admitiendo su condición humana -. De donde resulta que la felicidad es un libro viejo”. Qué duda cabe de que el bibliófilo es dichoso a veces, exultantemente feliz en raras ocasiones – cuando por fin consigue el ejemplar perseguido durante décadas, o al hacerse con un libro excepcional a precio de ganga -. Pero a cambio, qué dura es la soledad del bibliófilo de provincias, aislado cual Robinson, siempre pendiente de que el cartero le traiga catálogos que escudriñar febrilmente, y sin un alma gemela con la cual compartir sus alegrías y sus penas bibliofílicas.

            ¿ Y quién podría describir las palpitaciones que siente cualquier bibliófilo – sea capitalino o de provincias – cuando descubre en una librería o en un catálogo una pieza que le interesa mucho? ¿ Y la zozobra hasta conseguir comunicar por teléfono con la librería, casi siempre para comprobar – frustrado por enésima vez – que un colega más madrugador – o mejor tratado por Correos – se le ha adelantado? El bibliófilo piensa entonces que el verso de fray Luis de León con ansias vivas, con mortal cuidado se escribió pensando en él.

Pero eso no es nada comparado con otros terrores que atenazan al desventurado bibliófilo: no en vano existen libros titulados El purgatorio del bibliófilo ( de Miquel y Planas), El infierno del bibliófilo ( de Asselineau) – sería impensable *El limbo del bibliófilo -, El incendio de la biblioteca ( de Bartholino), Subasta de mi biblioteca ( de Uzanne), etc. En agunos casos no se trata de un mal sueño, pues a Tomás Bartholino, médico y escritor danés muy religioso ( 1616-1689), se le quemó de verdad la biblioteca, y para consolarse escribió un libro dirigido a sus hijos. A Oscar Wilde, arruinado, le subastaron realmente sus libros. Asselineau cayó en manos de una lagarta, y para entretenerla vendió sus libros – aunque con el tiempo los fue recuperando – , y Nodier enajenó en vida su biblioteca al menos tres veces… para poder comprar más libros ( casi como vender el coche para comprar gasolina).

Si las pesadillas de Asselineau y Uzanne eran literarias, hijas de la imaginación, por desgracia a los libros les acechan multitud de peligros bien reales y mortíferos ( responsables de que únicamente sobreviva hoy una pequeña parte de los ejemplares salidos de las prensas en cinco siglos y medio): guerras, incendios, inundaciones, terremotos, animales diversos, ladrones – no es el riesgo mayor, pues por fortuna suelen ser poco duchos en libros ., etc. No nos olvidemos de las (malas) mujeres ni del juego, que acabó con la biblioteca del marqués de Jerez, seguramente con la de Heredia y quizá también con la de Juan Manuel Sánchez. Absténganse, pues, los bibliófilos de casinos y pelanduscas, y contraten un buen seguro que cubra las eventualidades del robo, incendio, etc.: así vivirán tranquilos, aunque no podamos garantizarles que carezcan de pesadillas.

Las pesadillas del bibliófilo. Mendoza Díaz-Maroto en el llibre La Pasión por los Libros. Espasa, Madrid, 2002.

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“Amb el segle XX es pot dir que s’obre per a nosaltres el moviment ex-librístic actual, ja que les sèries dels ex-libris dibuixats pels excel·lents artistes catalans Alexandre de Riquer i Josep Triadó daten d’aquella data; la literatura d’ex-libris s’inicia i apareixen després els primers col·leccionistes que, amb un entusiasme fervent, aviat aconsegueixen estendre l’ús de les marques de biblioteca a Espanya i la formació de col·leccions, posant-se en relació amb els ja innombrables aficionats estrangers. Més de l’ús a l’abús, sobretot a països meridionals, hi ha poca distància, que se salva després. Així, avui, ens veiem en la necessitat d’establir alguns principis, als quals els exlibristes conscients haurien de donar suport incondicional. Vegem de plantejar l’assumpte amb la màxima claredat possible, segons el nostre criteri personal. Les causes de la creació d’ex-libris difereixen molt als nostres temps comparats amb els passats. Així resulta que les marques de possessió de llibres la majoria van ser antany obra inconscient dels bibliòfils, ja que si bé n’hi va haver que van menar de gravar ferros especials per a les seves enquadernacions o estampar etiquetes per adherir a les guardes dels seus llibres, molts van ser els que del seu puny i lletra van acreditar la possessió i els que van utilitzar targetes de visita i altres distintius, que van adquirir així el caràcter d’ex-libris i que ara han de ser acceptats com a tals, a condició que sigui palesa aquella ulterior aplicació. Tot i això, avui no seria

admissible en absolut tan ampli criteri. El col·leccionisme apassionat i fins i tot la mala fe podrien multiplicar a l’infinit els exemplars ex-librístics, atribuint aquest caràcter a qualsevol distintiu, escut, blasó, lema, gravat, etcètera, que caigués a les seves mans, desvirtuant un moviment de gran interès, susceptible d’un estudi seriós i de transcendental utilitat per a la història del procés intel·lectual dels països hispànics. Creiem que els bons col·leccionistes no han d’acceptar com a ex-libris antics sinó els documents que un conscienciós estudi acrediti per tals, i, com a ex-libris moderns, només aquelles estampes o gravats que es reconeguin creats especialment per a aquesta ocupació. És, en efecte, vici d’origen i palès de nul·litat per a un ex-libris contemporani el que el seu creador, incapaç d’ignorar les tendències actuals de l’ex-librisme, recorri per marcar els seus llibres a adaptacions ridícules; i, amb més motiu, si es considera que per a un fi especulatiu disposaria de mitjans facilíssims per envair el camp amb engendres de pacotilla, recorrent

 als mitjans de reproducció sense escrúpols ni traves. Des d’un altre punt de vista, haurem de censurar alguns que, mal assabentats de l’assumpte, donen aplicacions vicioses als ex-libris. En efecte; hem tingut ocasió de veure recentment veritables ex-libris utilitzats en revistes i llibres a guisa de marca d’autor, o on hauria de campejar el colofó ​​de l’impressor. Fins i tot hem vist un d’aquells industrials respectables utilitzar una marca del seu establiment que ostenta despreocupadament les paraules ex libris! Convé, doncs, advertir els uns i els altres que ex-libris només cal dir-ho en les marques de possessió del llibre; que per a altres usos hi ha les marques d’autor, les d’editor i les d’impressor, però a cap d’aquestes no són aplicables aquelles dues paraules característiques. Creiem que la REVISTA IBÉRICA D’EXLIBRIS i tots els col·leccionistes han d’adoptar avui un rigorós boycottage contra semblants disbarats. Un cas especial haurà de ser tingut en consideració, i no ens referim als ex-libris humorístics, que a l’estranger circulen repetidament, ja que, quan siguin personals, necessita acceptar-los també com a ex-libris amb ple dret, ja que finalment poden revelar una idiosincràsia dels seus posseïdors. Ens referim com a cas especial als ex-libris que un artista seriós o jocós pot compondre atribuint-los a personatges cèlebres, històrics o contemporanis de nota; tal és l’ex-libris atribuït a Napoleó I i tota la sèrie que l’artista francès L. Joly va reunir sota el títol d’ex-libris imaginaires et suposés. A aquesta categoria d’ex-libris imaginaris pertanyen els que el dibuixant català L. Brunet va atribuir a persones i entitats polítiques de Barcelona, ​​i que denoten un temperament ex-librístic susceptible de ser emprat de debò. No és que tinguin un valor com a document aquests ex-libris imaginaris, però sí que poden ser acceptats a títol de simple curiositat. El que de cap manera no és acceptable és el gènere a què pertany una altra mostra que ha estat creada recentment amb el nom d’ex-libris de la calor. Ja es tracta aquí d’una aplicació viciosa del malnom ex-libris, ja que no recaient en aquesta obra ni de cap manera la idea d’ús o possessió dels llibres, ni sent admissible que una personificació abstracta pugui posseir-los, és forçós rebutjar aquesta intrusió, recomanant als artistes que qualifiquin d’al·legories, o del que vulguin, menys ex-libris, les seves concepcions purament imaginatives i alienes al nostre tema. Aquesta és en síntesi la nostra manera d’opinar, que exposem a la consideració dels nostres col·legues.

Ex-libris, Marques d’Impressor i altres taronges per Ramon Miquel y Planas, Rvta. Ibérica d’Ex-libris,núm. 1, 1903.

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Biblioteca de Babel de Borges

“La compulsión puede ser tan fuerte como el hábito de fumar o de beber. Unos llevados por el exclusivo placer de la lectura, otros por el juicioso ejercicio de encontrar ediciones primigenias y otros quizá por el solo deleite estético de contemplar el infinito en los lomos densos y sugerentes de una biblioteca, según la consigna borgiana, la historia de las letras está colmada de singulares individuos que no han hecho otra cosa en vida que llenarse de libros. A diferencia de los lectores comunes, para quienes los libros sólo existen en la medida en que son leídos, los bibliómanos han sobrepasado las fronteras de la simple relación lingüística con el papel escrito, alimentando en su alma – incluso muchos de ellos sin darse cuenta – una veneración hacia los libros que los ha obligado a considerarlos objeto de culto, aun si está por descontado que muchos de ellos nunca serán leídos. El encantamiento es tan viejo como la humanidad y quizá por eso en la actualidad cualquier bibliómano que se respete no deja de sentirse culpable por la desaparición de bibliotecas tan míticas como la de Alejandría. En más de una ocasión Jorge Luis Borges, uno de los adoradores más intensos de la biblioteca, afirmó que el placer estribaba en la sensación de eternidad que se respiraba en sus recintos, una sensación de totalidad con el conocimiento absoluto y, por lo tanto, tan impenetrable como el propio sentido de la existencia. Incluso él mismo, en una de sus últimas

 

conferencias en Buenos Aires, confesó que la pasión que sentía por Las mil y una noches – uno de sus libros de cabecera – nacía de la impresión que le causaba no haberlo podido leer en su totalidad. Era más hermoso saber que el tomo estaba dispuesto en el estante a la espera de ser abierto en cualquier momento que la satisfacción de llegar a la última página experimentada por un lector juicioso. Compulsión irrefrenable o simple espíritu de coleccionista, lo cierto es que los bibliómanos dejaron de ser hace tiempo simples lectores para convertirse en idólatras. Los hay aficionados a temas específicos que buscan con desespero todas las publicaciones posibles al respecto sin que eso signifique que sean unos expertos en la materia. “Tengo clientes que sólo están interesados en los textos de viajeros del siglo XIX“, comenta Mauricio Pombo, director de la librería El Carnero, especializada en libros antiguos y ediciones raras o curiosas. “Hay otro al que sólo le interesan los libros sobre aves y otros obsesionados por las primeras ediciones. Al lado de ellos tengo más de un cliente que compra los libros con la convicción de que no los leerá nunca. Incluso hay uno que los adquiere por el sonido de las páginas al pasarlas. La bibliomanía lo permite todo”. Por supuesto, el fenómeno no es una moda exclusiva del siglo XX. Según Gérard-Georges Lemaire, en su artículo ‘De la bibliomanía y sus consecuencias felices pero, sobre todo, funestas’, publicado en la revista Quimera en la edición de mayo de este año, ya en 1757 Diderot y d’Alembert habían introducido los términos bibliómano y bibliomanía en la Encyclopédie. Según los autores, el bibliómano

Impremta a l’Encyclopedie

es un hombre poseído por la pasión de los libros, pero en exceso. “Estas personas no adquieren libros para instruirse, sino que, lejos de este pensamiento, poseen por poseer, para satisfacer su propia vista”. Más tarde, en el siglo XIX, muchos escritores se dieron a la tarea de investigar sobre los motivos por los cuales muchas personas sentían un deseo desbordado por los libros más como objeto mismo que como obra literaria. Uno de esos primeros escritores que inició sus propios estudios sobre la bibliofilia fue Charles Nodier, quien en 1835 hizo una clasificación entre cuatro especies de individuos diferentes: el bibliófilo, el bibliofobo, el librero de viejo y el bibliómano. Según él, la diferencia entre el bibliófilo y el bibliómano reside en que el bibliófilo ama el libro como se ama el retrato de una amante, en el sentido de acercarse al autor por medio del objeto. “Mientras el bibliófilo sabe escoger los libros, el bibliómano, en cambio, los amontona”. El placer de acumular. Todas estas disquisiciones llevaron a pensar a muchos autores e intelectuales en la crisis del culto por los libros. De la adoración por la obra y el objeto como tal se había llegado a la adoración por el metraje. Independientemente de que esta conclusión resulte exagerada y de que, en efecto, existan bibliómanos que se dediquen en forma exclusiva a exhibir con gran pompa sus bibliotecas sin otro ánimo que el de la presunción, lo cierto es que el arte de la bibliofilia o la bibliomanía, según sea el caso, es un arte que está muy lejos de desaparecer…

El arte del bibliófilo, Revista Semana ( Colombia), 12 octubre 1997.

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“El proper dia 15 ens vam reunir un Jurat per atorgar un premi que es titula “Elogi de la Bibliofilia” i al qual concorren treballs en català i en castellà. Aquest premi ha estat convocat pel llibreter Josep Porter amb motiu dels cinquanta anys, és a dir, les noces d’or de la llibreria. Josep Porter, llibreter, editor de vegades, estudiós sempre, investigador de temes històrics, és una personalitat rellevant al món dels llibres. Encara no fa gaire vam adquirir a Londres una guia de llibreries-antiquaris, editada a Anglaterra, i en ella el nom de Porter estava entre els quatre llibreters espanyols que es dediquen al noble ofici dels llibres. Porter ha volgut celebrar aquest cinquantenari de l’amistat més que el comerç amb els llibres amb aquest premi sobre bibliofília, tan propi d’un home que ha dedicat tota la vida al llibre.

Difícil és de definir què és un llibre. Recordo de Robert Escarpit que al seu assaig «La revolució del llibre» va escriure unes paraules lúcides i penetrants: “Com tot el que és viu, el llibre és indefinible. En tot cas, ningú no ha aconseguit mai, d’una manera completa i per sempre, definir què és un llibre. Perquè un llibre no és un objecte com els altres. A la mà, no és sinó paper; i el paper no és el llibre. I, tanmateix, també hi ha el llibre a les pàgines; el pensament sol, sense les paraules impreses, no formaria un llibre. Un llibre és una ‘màquina per llegir’, però mai no es pot utilitzar mecànicament. Un llibre es ven, es compra, es canvia, però no se l’ha de tractar com una mercaderia qualsevol, perquè és alhora múltiple i únic. Innumerable i insubstituïble”.

             Sobre aquest objecte material, tan ple de significacions espirituals, es concedirà un premi que és l’homenatge d’un llibreter que sap fer mig segle de la seva professió.

“Elogi de la bibliofília”, per Néstor Lujàn, a Destino, 10 novembre 1973.

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“La novena puerta”

 

Dean Corso, experto en libros antiguos, es contratado por un coleccionista norteamericano para que vaya a la búsqueda y captura de los volúmenes que le faltan de un libro satánico. Así empieza La novena puerta (1999), una película de Roman Polanski basada en una novela de Arturo Pérez-Reverte, El club Dumas. Es un relato inquietante que desprende misterio y traslada al espectador a un mundo sugerente, como sucede con el olor, el silencio y la quietud de las librerías de compraventa de libros antiguos. Al menos así es en la Llibreria Antiquària Balagué de la calle Enric Granados [ ara a Casp, 48, 2º] de Barcelona. Hay ese silencio, ese olor peculiar de libro 

 

Llibreria-Antiquària d’Anna Balagué

viejo. Nadie diría que bajo ese manto de quietud, casi sobrenatural en medio del bullicio de la ciudad, se esconde una actividad comercial que crece día a día. “Aunque cada vez hay menos librerías anticuarias, las ventas suben año tras año. Aumenta el número de personas que quieren coleccionar libros”. Son palabras de Anna Balagué, que desde pequeña ha vivido la pasión por los libros a través de su padre, Josep Balagué, quien regentaba la tienda de compraventa de libros antiguos en una de las calles con más

historia de Barcelona, en la calle de la Palla, una zona donde se concentran todavía esos locales que huelen a entrañable papel viejo. Josep Balagué era el librero de Salvador Dalí, como le gustaba decir el propio genio del surrealismo. Incluso Josep Carreras, el tenor, compraba las partituras en aquella vieja tienda del Barri Gòtic. Cuando Anna tomó las riendas del negocio trasladó la tienda a la calle Enric Granados, que con la calle Aribau es otra zona donde también se han concentrado algunas librerías anticuarias. Y esa distinción, entre librerías anticuarias y librerías a secas, es lo que marca la diferencia en cuanto al placer que implica el buscar, encontrar y comprar un determinado ejemplar. De todas maneras, según Anna Balagué, los motivos por el que una persona adquiere libros antiguos son varios. Por ejemplo, hay quien compra libros antiguos porque le entusiasma un tema determinado. Mientras que hay otros que adquieren libros por un interés especialmente bibliófilo. En este caso se trata de piezas únicas o prácticamente únicas y su precio varía mucho en función de si son manuscritos o libros impresos. Un ejemplar impreso puede costar más de 50.000 euros y un manuscrito, más de un millón. Lo máximo que se ha pagado por un libro impreso es 127.000 euros, y por un manuscrito casi 22 millones. Anna comenta que, por ejemplo, hace unos tres años vendió en la Feria de Madrid la Máscara Real de Tramullas por 36.000 euros. Los veinte y tantos grabados que tiene lo hacen además especialmente valioso. Hay otros coleccionistas que más que el valor del ejemplar miran si sencillamente les gusta. Puede ser un libro pequeño de poesía de finales del siglo XIX con unas sencillas ilustraciones, por ejemplo. Tampoco es extraño quien los compra para decorar. “Vienen a la tienda –explica Anna Balagué– y,

Làmina del llibre Máscara Real de Tramullas (Barcelona, 1764)

 

aunque parezca mentira, te dicen ‘Necesito tantos metros de libros para una librería de caoba’, y se los vendo, claro; sucede más a menudo de lo que la gente puede imaginar”. Los clientes ocasionales también son cada vez más habituales. Hace unas décadas prevalecía el cliente de toda la vida, y ahora el mercado se sustenta también por esos compradores ocasionales que entran, ven algún libro que les gusta y se lo quedan. Y, finalmente, hay unos pocos que compran los libros como inversión, intentan adelantarse a las tendencias del mercado . “Hace un par de años vendí un incunable del año 1480 por 16.500 euros, y ahora su propietario ya ha recibido ofertas que pasan de los 20.000 euros”, comenta Anna. También reconoce que el gusto por lo viejo se ha convertido en una moda. Y, como toda moda, tiene sus tendencias. Por ejemplo, hace unos veinte años, las primeras ediciones no se valoraban. Ahora, en cambio, fácilmente se pagan 3.000 euros por las primeras ediciones de poesía de Antonio Machado o García Lorca. Pero si uno quiere experimentar por sí mismo qué se está moviendo en el coleccionismo de libros, nada mejor que viajar hasta un pueblecito galés que no llega a 2.000 habitantes. Se llama Hay-on-Wye y es el lugar del mundo con más librerías de compraventa por

 

Hay-on-Wye

 

habitante. Y si además quiere coincidir con escritores de todas partes y premios Nobel, el mes de mayo es el indicado. Desde hace 20 años se dan cita en este singular pueblecito. Actualmente hay una decena de pueblos-librerías por todo el mundo. Y están asociados en la International Association of Booktowns. Si bien es cierto que el interés por los libros va creciendo, todavía estamos lejos del Reino Unido, Francia e Italia. “En estos países se celebran muchas ferias donde está presente el libro antiguo. Aquí en España no es tan habitual. Estos días pasados he estado en la feria de anticuarios de Milán, y allí he podido comprar unos ejemplares preciosos”, explica satisfecha Anna Balagué. “Y es que si no voy a las ferias, es difícil encontrar buenos libros que ofrecer a mis clientes –sigue diciendo–. Mi padre no iba a ninguna feria. Cada semana le llamaba como mínimo una persona que quería vender su biblioteca. Y lo habitual era que tuviera que hacer dos

visitas en siete días. Ahora eso ha cambiado totalmente. Haces una visita ¡cada tres meses! Hay menos libros en circulación. Antes muchas veces se vendía una biblioteca porque se necesitaba el dinero. Ahora solamente cuando fallece el propietario, y si los hijos no saben qué hacer con la herencia, la venden, pero sin prisas porque tampoco necesitan el dinero. Por otra parte, las instituciones también van comprando libros que dejan de circular en el mercado. Así que lo único que queda es visitar las ferias”. Aunque el gran salvador es internet. ¿Quién iba a decir que se convertiría en un gran impulsor del mercado de compraventa de libros antiguos? “Hoy mismo he enviado un paquete de libros a Rusia y otro a París. Los pedidos me los hicieron por internet. Es como si tuviera abierta la tienda las veinticuatro horas de los 365 días del año”, explica. Así que cada vez es más fácil acceder al mundo del libro antiguo. Hay más coleccionistas. Aunque también es verdad que es difícil acceder a ciertos círculos selectos. Pertenecer a una asociación de amantes de libros no resulta tan fácil. La Asociación de Bibliófilos de España,

conocida como Concentus Libri, sólo permite un númerus clausus de 500 miembros, que tienen el privilegio de adquirir ediciones exclusivas para sus miembros (son ejemplares numerados del 1 al 500) y para el Rey de España. Los socios se comprometen a comprar los volúmenes. En el caso de la Associació de Bibliòfils de Barcelona, hasta 1997 sólo aceptaba tener 100 socios, ni uno más. Cuando Jordi Estruga fue nombrado presidente de esta asociación en aquel mismo año, lo primero que hizo fue aumentar el número de miembros a 150. El resultado es que ya no hay una lista de espera tan abultada, pero sigue habiéndola. Aunque como dice el propio Estruga, no es necesario pertener a una asociación para ser considerado un bibliófilo. Porque puestos a definir, un bibliófilo es “todo aquel que ama todo libro que tiene, aunque tenga muy pocos, pero los ama”, asegura el propio Estruga. Así que si uno quiere iniciarse en el mundo del libro antiguo, Anna Balagué recomienda que se vaya a una tienda de compraventa de libros antiguos de reconocido prestigio. Mejor que ir de ferias. Las ferias son para las personas que ya están iniciadas en este mundo. Y una vez en la tienda, “que huelan los libros, que miren sus antiguas encuadernaciones, que se sumerjan en el mundo de las sensaciones atrapadas en esos libros”, termina diciendo la hija del librero de Salvador Dalí“.

Cazadores de libros, per Jordi Jarque, a La Vanguardia, 13 oct 2007.

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Provença 360, quart, primera.- Un cop de timbre, un xic d’espera, i el mateix Opisso en persona que ens obre la porta. Va en cos de camisa com acostuma sempre per anar per casa.

            En veure’ns fa un gest de sorpresa.

             -Ola!… on aneu?…

             Mireu, ventem, per si fem quelcom de vós per a IMATGES…

             L’Opisso té la condició especial, que sempre sembla que baixi de la lluna.

            – IMATGES? Ah, ja… un dibuíx potser ?

             No home… es tracta de…

             Bé entreu, pel que pugui ésser.

L’Opisso i la moda

            -Estic desesperat, creieu. Podeu fer-ho constar. Aquesta moda de les faldilles llargues em desespera… El Govern no ho hauria de permetre. Aquestes pantorrilles, tan « caies » han estat l’encís i l’atracció més formidable de les nostres dones, de la nostra Barcelona. Ni l’Exposició, ha tingut tant d’èxit ! Vegeu si no… I mostra un número de «Le Ruy Blas» parisenc, on hi ha reproduïts uns dibuixos de New-York, Londres i Barcelona, representant la faldilla curta. Ja no cal dir que l’Opisso hi bat el «rècord».

   Un xic d’història

            L’Opisso va comencar als tretze anys. Fou ajudant d’En Gaudí, i va estar-hi fins als vint i-tres. Ell en guarda molt mal record d’aquesta època. Va freqüentar la penya d’En Picasso «Els quatre gats» com en deien. La primera vegada que exposà fou en una Exposició col·lectiva del Círcol Artístic de Sant Lluc. Va tenir molt d’èxit. Miquel Utrillo, va descobrir-lo i li féu de marxant i protector alhora. « Pèl i Ploma» va reproduir un dibuix seu que va quedar-se la Diputació de Vizcaya. Les exigències econòmiques, li aturaren el pas, i comença a dibuixar en setmanaris humorístics. El «Cucut», fou el primer. Al cap de poc era conegut a França i l’anomenaven «Sociétaire» del Saló d’Humoristes de París. Cada any ho venia tot. Col·laborá a «Le Rire », «Frou Frou», «L’Indiscret », «La Vie en Rose » i altres…

            – Els principals periòdics humorístics del món, han reproduit dibuixos seus.

             Dibuixá una anys a «L’Esquella de la Torratxa », on s’acabà de fer popular. Al «Papitu» també hi col·laborava amb el nom de “Bigre”.

             Actualment, treballa per una colla de revistes i periódics, i és sol·licitat per totes les publicacions de caire humorístic.

            L’Opisso en la intimitat

            En la intimitat, l’Opisso és altra cosa del que hom es pensa.

             Ell se’ns queixava l’altre dia. «Nosaltres som com els pallassos de Circ. Molts creuen, que sempre hem d’estar de broma i no es donen compte que és una feina com una altra. Hem d’ofegar les penes, amb un humor fictici, que al cap i a la llarga és el nostre pa de cada dia».

             A ca l’Opisso és un vertader museu. Llibres, molts llibres, objectes d’art, dibuixos, pintures.

Un llevant de taula en aquesta casa és un goig de no dir. El seu fill Alfred, pintor i dibuixant també, és un gran aficionat a la guitarra. Interpreta amb una meravellosa agilitat; els grans mestres de la música. I cada dia el mateix. «La tranquil·litat de la llar és un «aperitiu» segons diu ell –  per esperonar-me en el treball quotidià».

Una anècdota?

            -En podría contar a dotzenes! Era en l’época dels Quatre Gats o dels Peluts. digueu-ho com vulgueu… Tots portàvem unes grans melenes i unes xelines colossals. Ens avorríem molt perquè fèiem una broma molt ensopida. L’únic que ens divertia un xic, era En Soto petit que de tant en tant ens ballava alguna « petenera », habilitat que li havia valgut l’honor que En Picasso el bategés amb el nom d’En « Patas» i que avui encara l’explota amb els seus famosos Arlequins. Doncs bé, com us deia, en aquella època, per no avorrir-nos tant, ens deixàvem crèixer la barba i els cabells. Al meu pare, un dia se li va presentar el propietari de la casa, amenaçant-lo, que si no em tallava el pèl de la barba i no m’escurçava els cabells, ens treuria a tots del pis. Ell al·legava,  que cridava massa l’atenció. No vaig tenir altre remei que fer-ho.

Article:”Opisso. Dibuixant de multituds” . Àngel Pons i Guitart . Imatges oct 1930.

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Job soporta els improperis dels seus amics ( pàgina miniada de Les molt riquess hores del Duc de Berry, f82r, Musée Condé, Chantilly)

“Nada hay nuevo sobre la tierra,—He aquí una sentencia mil veces y en mil idiomas repetida y que no dejará de estrañar á los lectores de nuestra pequeña revista, amigos, por ende, de lo nuevo, de lo avanzado de lo modernísimo.—Y sin embargo, la sentencia es tan verdadera como antigua: lo propiamente nuevo, lo original en absoluto, lo sin precedentes ni abolengo esta todavía por descubrir. Desde los primeros chinos civilizados acá, todos los géneros literarios, todas las formas artísticas se han intentado. Como si quisiera el hombre demostrar el poder de su inteligencia soberana, ha cerrado ya el círculo de sus universales conocimientos, apoyándose en lo que sabe para adivinar lo que ignora.—Se ha dormido el hombre del pasado durante la noche, pero en sus labios se dibuja una sonrisa, anunciándonos que ha previsto la aurora del porvenir. Podreis vosotros gozarla de un modo más adecuado, podreis analizar los colores de sus nubes y sentir la frescura de sus rocíos, pero la impresión estética de aquel incendio triunfante, la íntima satisfacción del que descubre la luz, la sintieron ellos, los hombres del pasado, vuestros buenos abuelos, lo mismo que vosotros, hombres del presente, abuelos á vuestra vez de nietos sapientísimos y de hombres modernos por venir.

            Tomaos la molestia de repasar algunos libros viejos: no es una faena desagradable, os lo aseguro. El pergamino de las cubiertas que cruje y se retuerce como la piel seca de una momia; las hojas blandas, húmedas siempre; la impresión extraña y de un negro atenuado en rojo, sobre el papel amarillento, la ortografía caprichosa y pintoresca; todo el pequeño volúmen, en fin, tiene un aire tan cándido, tan sencillo, tan de abuelo desengañado y poco figurón, que convida á leerlo, que seduce y obsesiona ligeramente. —Y una vez leído, y una vez estudiado y una vez vuestra alma de hombre moderno puesta en comunicación con el alma vieja del autor del libro viejo ¿qué descubris? Hablando sinceramente ¿os sentís superiores al que escribió el libro de Job? ¿La poesía es más grande hoy que en tiempo de Hornero? ¿Somos más sutiles y refinados que Horacio? ¿Verlaine resulta más obscuro, más misterioso que Persio? ¿Es Apuleyo menos escatológico que Zola?— He aquí, pues, la gran enseñanza que trasciende de la lectura de libros viejos. Una ecuanimidad, una indiferencia tranquila y una serenidad de espíritu que confortan y regeneran.—El lector profundo de libros viejos deseará ver, aunque no logre hacerse ver; desenganado del estilo, se irá derecho al fondo y procurará como los autores que he citado dormirse en la noche del pasado, pero con la confiada sonrisa del que ha presentido y abarcado el porvenir. Un libro viejo es como un vino rancio, bebido á sorbos junto á un buen fuego: nos conforta y nos inspira suenos deliciosos.

Article: Los libros viejos per Ángel Cuervo a LUZ, nº12, Barcelona, desembre 1898.

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“Una de les coses més belles i edificants de Barcelona, es la Biblioteca pública del Passeig de Sant Joan. Per palesar-ho, només cal que hi feu una visita. Hivern i estiu, aquest lloc és visitat per tota mena de gent. I no us penseu pas que s’hi vagi a badoquejar i a perdre temps en aquest lloc, no. Hi veureu des del rendista panxacontent que s’embadaleix amb les obres de Campoamor, a l’obrer que aprofita uns moments de lleure per a sadollar-se de tots aquells coneixements que la manca de temps i de posició social no li han permès adquirir. Aquesta Biblioteca consta d’uns centenars de volums triats entre els més corrents i més assequibles al poble. Potser són pocs, i la varietat hi és encara deficient. Alegrem- nos-en, però, i procurem estimular l’edificació de nous llocs com aquest. La disposició i classificació de volums està feta amb traça i enginy, i d’una manera, sobretot, molt fàcil, tant pel llegidor com pel bibliotecari. En uns armaris de pedra, i assenyalats amb unes lletres de l’abecedari estan classificats els llibres. Uns bancs de mosaic a banda i banda. Uns catàlegs penjats damunt de cada un d’ells, on hi cerca el lector l’obra que desitja, ja sigui cercant-la per enumeració de matèries, autors, o d’obres. Quan té el que desitja s’anota el número que porta i la classificació de la lletra al qual pertany. D’aquesta manera l’operació es fa amb una meravellosa senzillesa.

 —Hi ve molta gent a llegir?— preguntàrem al guarda encarregat de la biblioteca.

 —Sí, molta. encara que amb aquests mesos de xafogor se’n ressenti una mica. Si l’horari fos canviat, es a dir, s’allargués més per la part del vespre, molta més n’hi hauria.

 —I aquest horari és?

 —Des de les nou del matí a les cinc de la tarda. A l’hivern, no diré jo que sigui una hora esbarriada, però el que és a l’estiu, no va gaire bé. En primer lloc, perquè la calor en aquestes hores es fa insuportable, i en segon, perquè quan ve l’hora més bona,que són de les cinc en amunt, la biblioteca es tanca.

—I és clar—fem nosaltres—deu passar que amb un horari així els obrers que treballen fins a les sis de la tarda no hi poden venir, quan encara podrien aprofitar un parell d’hores… N’hi vénen alguns ací?

 —Força, sobretot els que tenen les tardes lliures, els convalescents, i els que han sofert algun accident de treball. La biblioteca és un bon esbarjo, i n’hi ha que hi passen el dia sencer. Un nen d’uns deu anys s’atansa tot vergonyós

  -¿Vol fer el favor de donar-me un llibre?

—Quin llibre vols? Que no has mirat el catàleg?— li diu somrient el guarda.

—És que no sé quin triar…

—I bé, quina mena de llibre voldries ?…

 —Un que sigui ben bonic !—diu tot il·lusionat –  Que hi ha força “sants”.

     El guarda obre un departament destinat a llibres d’infants. Treu els «Contes d’Andersen.

 —Té, i no l’espatllis.

     El noi marxa tot content, s’asseu a un banc i comença a fullejar febrosarnent.

 —Per a fer aquesta feina es necessita ésser guarda i mestre de minyons alhora. No saben pas mai el que volen, a vegades fins m’han demanat obres de Balmes

 —Ací, d’un cap de dia a l’altre hi deveu veure desfilar una colla de gent diversa…

 — Sí, la majoria de gent que concorre a la biblioteca és gent jove.

 —I de llibres no en desapareixen ?

 —No, en aixó estem de sort. En contra el que molts opinen de la incivilització actual, el que passa ací és ben al contrari. Tornen els llibres i els saben respectar.

      Hem vist que l’entreteníem massa. Tres lectors s’estan impacientant.

 — Perdoni — ens diu — cal no fer esperar aquesta bona gent.

 —Teniu raó—fem nosaltres—el temps és or.

       En aquest cas, més que mai, el proverbi anglès hi és com l’anell al dit. !

      Article: “El bibliotecari del Passeig de Sant Joan, fa declaracions”. Àngel Pons i Guitart a Imatges, 24 set 1930. ( Fotos de Casas )

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“No todo son libros en la feria de libros barcelonesa. El negocio ha sufrido modificaciones perceptibles y al dictado de la moda, o bien de las exigencias del público, que todo viene a ser la misma cosa, han surgido los vendedores especializados en revistas extranjeras. “Vogue”, “Post”, “Paris Match”, “The Satursay Evening Post”, “Punch”, “Constellation”, “Tout”, “Sport Digest”, “Selecciones del Reader’s Digest” y algunos centenares de títulos más acaparan los maderos y cajas de los mentados especialistas.

Las transacciones más importantes durante los últimoa años se las apuntaron entre nosotros los vendedores de números atrasados de “Reader’s Digest”, la revista más leída del mundo, 15.500.000 ejemplares por mes, en once idiomas se esparraman por nuestro planeta. Ignoro los que hace tres o cuatro añs llegaban a España; empero, sí que podré explicarles con cierto fundamento que el control de ejemplares usados de que hacía gala este mercado fue en todo momento de una discreta importancia. Recuerdo que sorprendió en gran manera la inflexible cotización que regía para la compra de números atrasados. Huelga decir que a mayor retrospectividad de los ejemplares, más cuantiosa se planteaba la tarifa. El precio, con todo, sufría variaciones inusitadas en algunos casos, lo que reforzaba una vez más la vieja creencia de que no hay regla sin excepción. Y comprenderán muy pronto a lo que voy si les explico que algunos números del primer año de la aparición de “Reader’s Digest” – 1941 – se vendieron por poco dinero a consecuencia de ciertas irrupciones del todo imprevistas en el mercado barcelonés. La edición argentina se permitió en más de una ocasión originar turbulentos descalabros, con lo que las listas a màquina de la cotización “oficial” no tuvieron más remedio que acusar el golpe y, maldiciendo al tío Paco, decretar la inminente rebaja.

Conseguir el número uno, correspondiente a diciembre de 1940, que me interesaba para mi colección particular, me dió mucho trabajo y, como el cazador, aguardar sin desfallecer, rondar la pieza y seguir el rastro sirviéndome de auxilios ajenos. Cayó un domingo. La cubierta era de un rosado algo obscuro, orlada en plata. No se trataba de un ejemplar precisamente nuevo, pero bien merecía el título de presentable. Ríase usted si quiere, pero el temblor de mi mano derecha nadie lo detuvo. Sabía que el precio sería fuerte y tal vez por ello pagué en el acto sin chistar. Doscientas cincuenta pesetas. Ni una más ni una menos. Luego, pagándolos a treinta, veinticinco y veinte duros, pude ir reuniendo los primeros números de la colección, que hoy tengo completa.

Bueno. Decíamos que también privan las revistas en la feria de libros y nadie podría ponerlo en duda. Las revistas técnicas, de modas, de plásticos, de química y aeromodelismo cuentan con una clientela importante y adicta. Luego siguen, por escalafón, los que compran según el interés de las fotografías y temas inseridos. Los dibujantes preguntan, con una cara muy grave, cosas por este estilo:

-Hoy busco perros. ¿ Cómo está usted de perros?

Estos libreros de la Ronda, cuyo lema rima sabiamente el loco con el poco, no se inmutan jamás y toleran las peticiones y los encargos más inverosímiles. Siguiendo con otros especialistas es necesario no olvidar a los que trabajan preferentemente los “tebeos”, o sea los papeles infantiles; los que ofrecen un buen surtido de libros franceses; los que a las piezas musicales, métodos de solfeo y biografías de músicos célebres se dedican; los especialistas del libro catalán; los acaparadores de literatura teatral; los acreditados en el comercio de reproducciones y grabados y, finalmente, los puestos que alternan la venta de libros con las postales y los sellos de correos. Se trata de una minoría, pero objetividad obliga dejar constancia de ella.

Las transacciones, los pisotones, la animación, el embarazoso caminar, la curiosidad y la búsqueda constituyen las notas predominantes de esta concurridísima feria. Última vuelta

Los niños tienen también su demarcación en la feria. No son los libros lo que a ellos les interesa, sino el cromeo, o sea la compra, venta y cambio de las colecciones de cromos. Hay los niños que “hacen” “Blanca Nieves, “Escuadras de guerra”, “Las minas del Rey Salomón”, “Album de aviación”, “Érase una vez…”, o bien “Garbancito de la Mancha”… Los cromitos se venden a diez céntimos, a real los más difíciles de obtener, y los cambios se conciertan a razón de tres cromitos viejos por uno de nuevo. Los niños, con serenidad y autoridad magníficas, pagan, cambian, buscan los ejemplares que les faltan y en muy rara ocasión demuestran atolondramiento.

-Cuente. Trece cromos. O sea, una peseta con veinte. Recuerde que le he entregado tres cromos a cambio.

-Sí, sí, guapo, ni hablar…

A partir de la una del mediodía la feria entra en su fase de declive. Menguados visitantes la cortejan. Los libros se apilan verticalmente. Cordeles. Cajas de embalaje. Y, de súbito, esos montones de libros de mi admirado amigo Ramón Gómez de la Serna. Ese es un misterio que no acerté jamás a explicarme. ¿ Qué tendrán los libros del autor de “El Circo” que penetran en las librerías de lance en tan ingentes cantidades? ¡Y qué humorística greguería esa de los flamantes libros de Ramón presumiendo de nuevo precisamente en las librerías de viejo…!

Voy leyendo nombres de autores, agolpados, hojiabiertos, despanzurrados libros. Eça de Queiroz, Amado Nervo, Manuel Machado, Pierre Loti, León Tolstoi, Enrique Fajardo, Antonio Maura, G. Apollinaire, Mark Twain, Luis de Zulueta, Colette, Willy, Juan Valera, Tirso Medina, Azorín, Armando Palacio Valdés, Santiago Rusiñol, André Maurois, Enrique Jardiel Poncela… Plumas que en la vida real tal vez se hubieran combatido con furia irreductible, ahora, entrelazadas sus páginas, parecían querer ventilar sus viejas polémicas y rencillas en un abrazo conciliador.

El viento, un soplo de viento, ha venido a agitar las páginas de un libro en rústica. En sus primeras hojas blancas, sin imprimir, una dedicatoria autógrafa se hace visible. La tinta, puro color algarroba, atestigua, más elocuentemente que la misma fecha del pie, el vertiginoso discurrir de los años que fueron. “A mi dilecto amigo…”. Pensáis: ¿Seguirá viviendo este dilecto amigo? ¿ Continuará llenando cuartillas y dedicando libros este ignorado escritor?

Con los mismos carretones de ruedas chatas y menudas con que llegaron por la mañana, harán el viaje de regreso los volúmenes que no se vendieron en la feria.

Se agolpan los bancos, maderos, caballetes, toldillos, tableros, cuerdas, taburetes y escalerillas. Terminó la feria y reina ahora esa típica tristeza de tendido de plaza de toros pocas horas después de haber sido despachada la corrida.

Ahora el sol se ha ido a leer la cartelera de espectáculos en la pared de una esquina.

Hemos entrado en el meridiano del arroz dominical, del postre familiar y de la siesta dilatada. Ha menguado la animación humana en la calle.

Un hombre se pierde en la urbana lejanía, caminando con torpeza, absorto, un libro viejo entre sus manos.

Article:”Feria de libros viejos” de Manuel Amat, Destino, juliol de 1952.

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“Acaba de tancar-se la Fira de el Llibre d’Ocasió. Situada a la plaça Universitat, ha arribat a la xifra calculada de vendes -dos milions i mig -, ha demostrat que la previsió de qui la va proveir d’un teulat plàstic estava ben fundada, doncs és ben sabut que la venda al carrer de llibres és una invitació al xàfec i al tancar s’han afirmat projectes tan interessants per l’estètica ciutadana, ja que no per l’evocació nostàlgica, com el de renovar les paradetes del mercat de llibres de Santa Mònica.

            Nous i moderns llocs substituiran les desmanegades paradetes de taules que tants records guarden per a moltes generacions d’estudiants i amants del llibre.

            El llibre, aquest “millor amic de l’home” per mor d’aquest mercat i de tants establiments que a Barcelona es dediquen a aquesta especialitat, ha fet, com a tal amic, innombrables favors quan només a ell cabia acudir. Quantes tardes d’alegria estudiantil, quantes entrades de cinema de joves parelles il·lusionades, quantes altres coses que ens van deixar molts agradables records es van realitzar gràcies als pocs duros aconseguits al mercat de llibres d’ocasió a canvi dels llibres de text, o de les edicions de luxe que ens van regalar en els nostres aniversaris … A vegades, la venda tenia característiques de préstec amb garantia: el mateix llibre de text era recuperat pocs dies després mitjançant el pagament d’un mòdic interès.

 -No em vengui aquest llibre, senyor Joan, que d’aquí a quinze dies m’arriba el gir i el recuperaré perquè ho necessito per als exàmens trimestrals. I el senyor Joan el guardava pacient i antieconómicament, i fins i tot el prestava per als exàmens trimestrals si no es podia tornar a recuperar en el temps previst.

I ocasió, en fi, va significar aquest mercat per a moltíssims, situats a l’altra cara de la moneda, que van trobar en els seus polsosos munts, l’edició esgotada, el llibre rar, o aquell que el seu peculi no permetia comprar nou i calia llegir perquè tothom parlava d’ell. Vendes d’ocasió, ocasions de comprar. Entranyables moments de recerca i fins de lectura a la caloreta hivernal, que tan bé sap en aquell racó de la Rambla.

            L’estètica ciutadana exigeix ​​la renovació del mercat, la comoditat dels venedors pot ser que també. Què hi farem? Adéu a les velles cofurnes, híbrids de xurreria i caseta de fira. Nous o vells seguiran servint de lloc de recerca per el curiós i de panacea infal·lible per a les petites necessitats de diners de molts estudiants que faran, ni més ni menys, el que van fer els seus pares i avis, encara que aquests difícilment arribin a confessar l’inefable pecat de canviar llibres per els moments més feliços de la nostra vida. Perquè el llibre, nou o vell, encara que més aviat el nou és en aquestes ocasions, com en moltes altres, «el millor amic de l’home».

Article: “El llibre i l’ocasió”, La Vanguardia 3 d’octubre de 1962.

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“Cada domingo contamos con feria de libros viejos en Barcelona. Se celebra al amparo de la marquesina circundante del edificio del Mercado de San Antonio. De esta forma en las calientes mañanas estivales vendedores y compradores vense resguardados de los ardores del sol. Y en invierno, cuando el frío y la lluvia más desapacibles se muestran, la marquesina cobija y protege el deambular pausado de los que van dando vueltas entorno a esa noria de libros y revistas, de viejos grabados, de ancianos, amarillentos mamotretos.

En montones, revueltos, sobre tableros, podemos contemplarlos. Todos estos libros vulgares representan, por lo menos, un momento en una vida human. Lo que ahora nos parece insignificante, ha animado durante un instante un espíritu. ¿ Qué sabemos las manos que han vuelto las páginas de este pobre libro? Nosotros mismos, en la soledad del campo, sin nuestros libros dilectos, hambrientos de lectura, ¿ no encontraríamos también placer en la lectura de este volumen anodino? En parte, en gran parte, EL LIBRO ES NUESRO MISMO PENSAMIENTO. Muchos de estos libros de la feria nos serán útiles. Acaso, sobre basto papel, con borrosos tipos, veremos estampado un pensamiento sencillo, natural, de un hombre ignorado que un día se puso a escribir sin saber nada. En los pueblecitos de Castilla – como en otras partes – ha habido de estos hombres que escribieron un día y que nadie sabe qué han escrito. En ellos el pensamiento puede quedar expresado en forma afectada y laberíntica – sugestión de grandes autores -; pero puede también estarlo sencilla y limpiamente, con la sencillez y la limpieza de una fuente en la montaña. Una mañana de otoño, curioseando en la feria de los libros, hemos encontrado uno de estos volúmenes”.

El que así escribe y describe es Azorín, en su delicioso libro “Un pueblecito. Riofrio de Ávila”. Como el gran escritor, son muchos los que se afanan en dar con uno de estos volúmenes y este íntimo placer de la búsqueda les aviva la mirada y les impele las manos a hurnear por entre las revuetas pilas de libros.

En la feria no abunda, por lo general, el espíritu selectivo y ordenador y a la venta se ofrecen en abigarrada mescolanza, novelas románticas, tratados de vegetarianismo, pensamientos sublimes, recetas culinarias, procedimientos para jugar con ventaja a la lotería, guías turísticas, tratados de urbanidad, ediciones miniaturizadas infantiles, consejos a los solteros, modo de amenizar una velada familiar, compendios de medicina casera, libros escolares, folletos policíacos, seguros medios para hacerse millonario en poquísimos días, en mucho menos tiempo del que tarda en cantar un gallo…

Toda la anodinidad, toda la grisura, toda la vulgaridad de los libros inútiles – son palabras, como antes de Azorínestá aquí. Es enorme la cantidad de libros absurdos que han sido publicados”.

Junto a los libros absurdos están tambien aquí, apiñadas, las obras maestras de la literatura universal, hermanados unos y otros autores en un destino común.

-¡ A peseta, a peseta! – vocean desde un puesto de la feria.

El público desfila con paso indiferente. ¿Quién se atrevería a hablar ahora de inmortalidad y de siglos de oro, mientras una voz va pregonando a grito pelado: “¡A peseta, a peseta!”…?

Los libros aguardan en formación como un veterano y disciplinado ejército. Sus títulos nos intrigan a veces, en otras excitan a la lectura, en la mayoría de casos nos colman de incertidumbre. Es cuestión de hojearlos y de catar, siquiera brevemente, la índole de su mensaje. Ya está abierto el libro. Se trata de un resumen estadístico de España. Sus autores, don J. Escobar y don A. de Alfaro, nos enteran que la población de España trae su origen de razas en extremo numerosas y diversas, tanto antiguas como de la Edad Media.

Vecino de este diminuto volumen – bien que todo un Almanaque-Enciclopédico – descubrimos los “Sinónimos castellanos”, de Roque Barcia. La introducción del autor termina con esta frase ampulosa y sincera: “ ¿Hombres que ilustráis al mundo hablando y escribiendo en lengua castellana; cenizas que tenéis sepulcro en toda la tierra; sombras que mira con respeto toda la humanidad, recibid el humilde saludo de una gran generación!”.

El tomo séptimo de las obras completas de Federico García Lorca ha venido a dar también en estos polvorientos parajes. Su cubierta azul aparece desvaída y el dorado apagó de tiempo sus fulgores. García Lorca nos habla del Monasterio de Silos: “Cada vez que se miran las arquerías magníficas estalla en el alma un acorde de majestuosidad antigua.. Hay sobre los suelos un empedrado caprichoso y característico. Hay humedades inefables y consoladoras...”

Dejamos al prodigioso García Lorca con la palabra en la pàgina y continuamos deambulando. La feria se ha ido animando. Pasan libreros de nuevo perseguidores afanosos del “hallazgo” de viejo. Su mirar experto les permite atalayar de lejos mientras un fino olfato de cuervos de carne de libro raro les guía certeramente por entre los múltiples y atiborrados puestos de la feria.

Usted posiblemente no se daría cuenta, pero ese público que codea a su lado haría posible una catalogación tanto o más perfecta que la de los mismos libros expuestos a la venta. Coleccionistas, especialistas, bibliófilos, caprichosos y maniáticos de la letra impresa constituyen los personajes típicos del mercado. Cada domingo hacen acto de presencia, efectúan el recorrido, se detienen para preguntar a sus habituales proveedores:

-¿Salió algo?

-No. De todas maneras, está al caer un tomo de numismàtica que creo va a gustarle. Buen asunto. Impreso en Leipzig.

-¿Precio?

-No se alarme. Una viuda que no sabe lo que tiene en libros.

-Pues no me pierda usted de vista a esa viuda amigo.

La mañana se va encandilando, está en su auge. El sol se cuela, burlón, por las rendijas de la feria y en su caprichosa estocada de luz enciende de colorines las guardas de unos tomos franceses de botánica. Del edificio cerrado del mercado llega un vaho molesto, grosero, de carne de ternera. Da lo mismo. Una esbelta mocita, muy seria con una blusita verde caramelo, se acercará al librero para preguntar con finura de voz:

-¿No le queda a usted nada de Pérez y Pérez?

            “Feria de libros viejos”, Manuel Amat, Destino, juliol de 1952.

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“La Fira del Llibre d’Ocasió Antic i Modern, que se celebra anualment a Barcelona, ​​és considerada com una de les mostres culturals de major arrelament a la ciutat. És la seva vessant popular la que ha convertit un certamen de llibres en un esdeveniment multitudinari. D’aquí el seu èxit que en cada edició augmenta considerablement. El ciutadà aprofita les estones d’oci per a acudir a la Fira i no només s’interessa pel llibre d’ocasió anomenat «modern” sinó també per l’anomenat «antic». Una perfecta conjunció que atreu l’interès de la gent.

 Han sorgit opinions aquests dies passats en el sentit de desdoblar aquesta manifestació literària-comercial en dos sentits: crear un certamen del llibre antic i un altre del llibre modern. Segons els padrins d’aquesta peculiar idea es tracta de dues coses, de dos certàmens, totalment diferents i amb clienteles diferenciades. És possible, si es considera que tota persona té ple dret a mantenir els seus punts de vista sobre els esdeveniments que ens envolten.

En els mitjans assabentats, en els nuclis actius d’aquest certamen, la proposta llançada aquests dies al vent ja haurà estat discutida. Però sens dubte hauran sorgit -i sé suposa- objeccions a tan original proposta que pretén dividir una Fira que fins al moment constituïa un èxit precisament per conservar units, agermanats, el llibre d’ocasió modern i l’antic.

 En una afirmació si més no objectiva, cal assenyalar que no resulta viable emprendre dos certàmens excloents. El llibre antic és rara peça que posseeixen en proporcions molt limitades els llibreters: no sembla factible que creixi la Fira única del llibre antic, ja que no posseeix entitat suficient per donar forma a un certamen de les característiques de l’actual. Si arribés a constituir-se, es presentaria desemparat i, a més, mancat d’aquesta calor popular que avui anima la Fira. Un certamen del llibre antic seria propi únicament per a entesos i milionaris, ja que la raresa dels mateixos i l’alt cost dels volums representaria evidents barreres per a les dites gent de carrer.

 És cert que el nucli de visitants de l’actual Fira està format majoritàriament per ciutadans que aspiren a adquirir llibres normals a baix preu i que poques persones van a comprar exemplars del segle XVIII. No només perquè la seva inquietud vela armes molt lluny d’aquestes ambicions, sinó també perquè els seus recursos econòmics els impossibiliten per a tals empreses. Però ocorre que el barceloní que s’arriba a la Fira amb el propòsit d’adquirir un volum per al seu consum literari pot admirar i fins i tot mirar els rars toms antics que allà s’exposen conjuntament amb les restants mostres bibliogràfiques.

 Separar les dues manifestacions seria mortal o de greu risc per a la Fira. L’interessat en un llibre d’ocasió modern acudiria en menor nombre al certamen; aquest es convertiria en alguna cosa sense substància. Per la seva banda, una exposició-venda de llibres antics seria vedat tancat a les inquietuds de la majoria dels visitants d’avui. Tot això, al marge de l’evident segregació cultural i social que això comportaria. La marginació és cosa molt mal vista actualment i Barcelona no s’ha manifestat mai a favor d’ella, tot i que en altres àrees ciutadanes pugui ocórrer al respecte.

 Per tot això sembla ajustat assenyalar que la Fira del Llibre ha de ser respectada en la seva actual estructura. L’afluència de públic, la seva antiguitat i el prestigi ben guanyat en anys difícils, són garantia que s’està en el bon camí. Maldestre seria intentar modificar una realitat que marxa cap endavant recolzada en la calor popular. Quan una manifestació te el consens de la població és senyal evident que ha triomfat.

La Fira del Llibre, Una”. La Vanguardia, 27 set 1972.Redacció.

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“Los rollos de papiro fueron los primeros libros que poblaron la gigantesca biblioteca de Alejandría, capital del bajo Egipto, fundada por Ptolomeo II. En la superficie de tan sutil membrana vegetal extraída de los abundantes tallos que crecían en las orillas del Nilo, el cristianismo de Oriente escribió en griego la Biblia hebraica y la Grecia Inmortal sus primeros poemas.

Simultáneamente se emplea para la escritura el pergamino ( piel de oveja), que perpetúa el nombre de Pergamo, ciudad del Asia Menor, donde se preparó en grande y permitió al rey Eumeno II fundar su célebre biblioteca.

Los césares romanos, a pesar de su crueldad, no dejaron de rendir culto al talento. Su opulencia se envaneció de poseer los mejores códigos ( libros cuadrados), griegos y latinos.

En Bizancio, los Libros Santos, magníficamente miniados en páginas de vitela ( piel de ternera), fueron exaltados con primores de orfebrería. El triunfo de la piedad en ningún momento estimó excesivas ante el altar las ofrendas suntuarias. Las huestes precursoras del arte de San Eloy y sus segidores labraron maravillas en las cubiertas de los Evangelarios.

En la baja Edad Media, los libros de meditación y estudio, reunidos en monasterios donde radicaban las facultades mayores, fueron salvaguardados por recias tablas de cedro; la piel del venado, ásperamente zurrada, fue su regia vestidura; herrajes y cadenas, su protección.

Dignamente ceñidos de oro y plata, esmaltes y piedras preciosas, o enfundados en sus rudimentarios indumentos, los rancios ejemplares – testimonios eternos de la evolución de la mente, del arte y de la fe -, que milagrosamente han llegado a nuestros días, se custodian en el lugar más sagrado de las bibliotecas y museos diocesanos de cada país.

Descubierto en Maguncia el hábil artificio de multiplicar sin límites el pensamiento escrito, se abre el período radiante del libro. Tal acontecimiento se consideró obra del espíritu maligno. Vencidas las contrariedades y terminados los procesos, el arte de Gutenberg triunfó plenamente en todas las grandes ciudades del Continente intelectual. En las portadas, así como en las páginas del libro, se desarrolló pronto una nueva estética sumisa a proporciones arquitectónicas. El arte de la estampa y el arte de la encuadernación se abrazaron al glorioso estandarte de las divinas letras, de las letras humanas y de la poesía. El libro de “pergamino de trapo” – que así se llamó el papel de hilo cuya fabricación introdujeron en Europa los árabes a través de España – conquistó universal efecto.

El prístino vigor de los incunables; los caracteres góticos y los que usaron después impresores ilustres; la incipiente ilustración; la perfecta tipografía; los grabados avant la lettre de los siglos XVIII y XIX, y las robustas encuadernaciones de cordobán, con improntas doradas y mosaicos, poseen un encanto que enamora el alma:

“ ¡ Ven, libro viejo, ven, roto y ajado!

Quiero embriagarme de tu añejo vino”

exclamó Marcelino Menéndez y Pelayo en su “Epístola a Horacio”.

El súbdito francés Louis-Nicolas Robert patentó, en 1798, la primera máquina de fabricar papel continuo, la cual, construïda unos años más tarde, dio ya práctico rendimiento en Francia y en el Reino Unido de la Gran Bretaña. Los maderables bosques del inmenso Canadá y Finlandia, los de Noruega y Suecia ofrecen, sin agotarse jamás, la pasta química elaborada con desechos de madera y serrín. Pasta que, transformada por procedimientos varios en excelentes calidades de papel, proporciona pasto inalterable a la voracidad de ese monstruoso dragón de hierro, con paladar de antimonio y huellas de signos gráficos que, sentado en todos los confines, consume raudales de aceites y grasas, negro de humo y resinas, con el fin de dar a luz ramas interminables de papel impreso.

De esta endiablada conjugación surge el libro moderno que todos codiciamos, trujal constantemente renovado, en el que fermenta el jugo agridulce de las ideas.

El día 23 de abril de cada año, festividad de San Jorge, se celebra en España el “Día del Libro”, como es sabido, con una rosa en el pecho y un recuerdo consagrado al más universal de los grandes escritores españoles.

El libro es objeto, en nuestro agitado siglo, de renovadas cortesías en contraste con la vulgaridad. La xilografía, la talla dulce, el aguafuerte y la litografía – “almas mater” de la ilustración – siguen en pleno vigor. Cada cual a su manera, los nuevos “artistas del libro” de cada país dominan sus técnicas pasando de una a otra con entera libertad y decisión. Los pintores-grabadores de la Escuela de París, ávidos de originalidad interpretan con reflexiva audacia los depurados métodos y recetas que acreditaron los viejos maestros del oficio de los cuales se desdeña la colaboración. Con sus bosquejos de acento primario en los que contrasta el blanco y negro con nítida espontaneidad, se adhieren conscientemente al ímpetu ideológico que invade la razón y la estética contemporáneas, quebrantando el virtuosismo técnico y las académicas convenciones. Desde Bonnard a Rouoult, una heterogénea cohorte de insignes pintores, entre los que figuran brillantemente los de Barcelona, Valencia y Madrid, han puesto al alcance del bibliófilo, por medio de los indicados procedimientos – resaltados a veces en color y al lado de excepcionales manifestaciones de temple clásico -, un extenso repertorio ecléctico de obras geniales que ilustran el libro dentro del marco seductor de un gran papel con barbas nativas y una bella tipografía.

La encuadernación, epílogo suntuoso de la estructura formal del libro bello, ha ostentado en todos los tiempos magnificencias y atributos de regia distinción. Al declinar el primer cuarto del siglo actual los decoradores y dibujantes, incorporados de lleno al arte de encuadernar, se declaran, en la capital de Francia, libres de dogmatismos y tradiciones. Actitud heteróclita que reúne adeptos en todas las regiones del continente europeo, donde hierve el entusiasmo por el libro y su belleza.

El artífice encuadernador-dorador realiza prodigios. Fiel a los originales bocetos de los artistas decoradores, su madeja de hilos de oro describe sobre la fina piel de marroquí o de becerrillo, laberínticas espirales y fantásticas ondulaciones; taraceas de corcho y otras materias insólitas, incrustaciones de latón modelado o estaño derretido vertido gota a gota sobre cauces previstos en la piel son las más recientes elucubraciones.

Este singular tatuaje, sugerente e inalienable, que distingue uno de otro el libro por su originalidad de la encuadernación , anticipa, con sus vibrantes modulaciones de ritmo y de color, presuntas armonías.

La bibliophilie commence à la reliure”. En el reducido mundo donde repercutió esta ardiente frase de Henri Béraldi no fue todo conformidad. Discursos y manifiestos atronaron el aire. Mas, aciertos indiscutibles y saludables rectificaciones han conseguido quebrar la rigidez de fatigados conceptos y preceptos dando paso a una nueva razón.

Reacios andaremos en reconocerlo, pero nuestro esfuerzo de adaptación a las evoluciones del arte y su misterioso influjo es cada día menor. La hoja de acanto, el olivo y el laurel han perdido su virtud, así como el delicioso parloteo romántico del lenguaje de las flores que tantas veces sintetizó sentimientos diversos en el lomo y las tapas de la encuadernación.

El precipitado crecimiento de las artes del libro aturde. Gigantescos interrogantes se levantan.

¿ Se desvanecerá totalmente la sombra de Gutenberg? ¿ Sustituirá la imagen visual o plàstica a la maravillosa significación de la escritura?

Ociosa sería la enumeración de conjeturas…

El libro, al igual que el destino de la humanidad, se encuentra atenazado a los descomunales acontecimientos técnicos y científicos que gobiernan el mundo.

Article;”Evolución del libro y su vestidura” per Brugalla a El Libro Español, nº 137, maig 1969. Extret d’un article a La Vanguardia.

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Venda de llibres vell a Santa Madrona

“L’any passat, les vint parades -deu per costat- de llibres, del Portal de Santa Mònica van complir mig segle de la seva instal·lació. No creiem que ningú, o gairebé ningú, es cuidés de recordar aquesta modesta, però simpàtica efemèrides ciutadana.    Algunes d’aquestes parades -sempre s’escriu «en trànsit de desaparèixer» – la usufructuen autèntics amants del bon llibre, gent de moral purificada, que abans es deixarien tallar una mà que vendre un llibre obscè i pornogràfic.

A un d’aquests coneixedors del llibre vell –d’ocasió- li hem preguntat pels orígens d’aquestes parades, que pesen ja sobre les seves febles teulades d’uralita – abans eren de zinc- mig segle de vida.

             -Començarem per l’any 1902. Si ens remuntéssim a dates més antigues hauríem d’escriure un llibre perquè crec que des dels dies de Gutenberg -i perdoni la irreverència-Barcelona ja caminava ficada en això de la compra i venda de llibres d’ocasió , vells, rars i curiosos.

Venda de llibres vells  a Santa Madrona

 -El 1902

             -Sí, és clar: el 1902 es va organitzar una fira extraordinària al carrer de Corts, entre el passeig de Gràcia i el de Sant Joan. Tots els llibreters van voler lluir-se – «quedar Bé» – i van exposar el millor que tenien. Allò va constituir una veritable festa major per als nostres bibliòfils.

             Després d’aquesta fira, i al veure que el negoci podria realitzar-se tots els dies, els llibreters van acordar instal·lar-se en un lloc permanent, i després de buscar un lloc cèntric i convenient al seu comerç, l’Ajuntament, amb motiu de les festes de la Mercè d’aquell any de gràcia, va accedir a que s’instal·lessin aquí on em veuen vostès ara, al “Portal de Santa Madrona“.

            -Són els mateixos barracons?

             -Idèntics. Es mantenen en peu gràcies als llibres de l’interior, que apuntalen les seves febles parets de fusta. La mercaderia ens sosté.

             -Els veig en plena decadència. A què es deu?

             -Deixo de banda la socorreguda resposta que no es llegeix o es llegeix poc. Els factors de la decadència que en realitat existeixen es deuen al fet que el barri ha canviat. Ara és més «barri xinès» que mai. Han desertat els parroquians al desaparèixer les casernes, les Empreses duaneres que aquí abundaven, al produir-se, en fi, el fenomen de la ciutat emigrant cap a la part alta i abandonant comerços i empreses els llocs clàssics, castissos i tradicionals de la urbs.

            -Però vostès tenen història …

            -Història, sí, senyor, història i historieta. Per aquest lloc han passat diverses generacions de llibreters, que després han ampliat el negoci i han obert establiments -i aquest és un altre dels motius de la nostra actual decadència- en altres llocs de la capital. Durant  molts anys aquest lloc va constituir el punt de reunió de bibliòfils i literats. Es detenia la majoria d’ells a la parada d’en Medina. Entre els contertulians recordo al senyor Ramon Miquel y Planas, com bibliòfil-escriptor, don Pío Baroja, com a escriptor-bibliòfil. Acudien a la tertúlia dos generals. L’un tenia la millor col·lecció d’obres sobre Rabelais; l’altre la més important sèrie de llibres de cuina coneguda a Espanya. Aquí també es deixava caure -la frase en aquest cas és exacta – el bohemi José María Codolosa. L’home va arribar a establir-se en una portalada del carrer de l’Hospital. Com la seva clientela era escassa i el que és pitjor encara , molt pobre, Codolosa -poeta satíric- va col·locar un rètol a la porta de l’escala amb aquests versos:

«El propietari d’aquest portal

fa un negoci segur

compra els llibres a dur

i després els ven a real.

Què tal !. ‘ »

 -Per fi els traslladen a vostès de Santa Mònica?

             -Fa molts anys que ens diuen que van a canviar-nos de lloc; encara dedueixo que no ho hauran trobat.

             -Quin lloc triaria vostè?

            El llibreter arronsa les espatlles, i una mica descoratjat i sense gaire convicció replica:

            -La Plaça de Medinaceli, la de Castella, la de Madrid o, millor encara, davant de l’Hospital Clínic, allà on s’eixampla el carrer de Casanovas.

             -Què demanen aquí els compradors?

             -Molt llibre de text. Diccionaris i gramàtiques per aprendre idiomes estrangers. A la gent, encara que de vegades no arribi a semblar-ho, li agrada estudiar.

             -Novel·les?

            -Estrangers. Premis literaris nacionals … i tres autors: Baroja, Galdós i Blasco Ibáñez. En això el públic segueix sent molt tradicional.

             -¿Organitzen aquest any novament la Fira del Llibre d’ocasió, davant de la Universitat, en els dies de les festes de la Mercè?

            – A l’ igual que l’any passat. «Pararem» ja el dia 20 i aquest cop tots amb els millors llibres que tinguem. L’hi asseguro.

Article: “Llibres al carrer. Efemèrides sense commemorar “, Destino, 12 set 1953.

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“ Fugint de la pluja, em refugio sota la coberta de la Fira del Llibre d’Ocasió.

            -Aquí estaràs bé – em saluda Àngel Millà -. El sostre ens costa setanta mil pessetes, però són ben aprofitades.

            Millà és un dels llibreters de vell amb major solera. El seu avi, Melcior, va ser prestidigitador i llibreter; el seu pare, Lluís, autor teatral i llibreter … Àngel té també la mania de l’escriptura, manifestada entre altres coses, en un llibret on recull la silueta dels llibreters i bibliòfils barcelonins del passat segle XIX.

            -Ingressem diners, sí; però aquí a la plaça de la Universitat patim molt – es lamenta Emili Eroles, un altre venedor de llibres amb personalitat, ja que és autor d’una col·lecció d’anècdotes professionals -. L’únic que la gaudeix de debò és Millà, ja que porta les fires a la sang.

            A la tertúlia s’ha unit Antonio Monràs, amb la seva pipa oriental, la seva calba i el seu bigoti de foca. I Millà recorda succeïts de quan la fira de llibres vells s’instal·lava a la mateixa plaça de la Universitat, però a la vorera del “alma mater”.

            -¡Bufava un vent de deu mil diables, que se’ns portava les paradetes! I el vell Dubá semblava el capità d’un veler capejant el temporal. Cridava: “Arria!”; cinc minuts després: “Issa!”

            L’anècdota porta a Eroles a evocar una altra fira a l’aire lliure, a la Rambla, on en plena tempesta, quan un llibreter recollia apressadament les andrònimes, se li va ocórrer a un comprador demanar-li si tenia Els nàufregs, de Prudenci Bertrana.

Què no et demana la gent? En aquesta mateixa fira d’ara, un cavaller que portava a la mà, embolicada, una barra de pa, va demanar: “No tan sols de pa viu l’home”, prenent per títol d’un llibre la llegenda que figura en el cartell anunciador de la Fira dibuixat per Roca.

            -La confusió és ja graciosa de si, però feta per un individu que porta un pa a la mà, resulta grotesca.

            Entre realitats  i bromes, Millà, Eroles i Monràs, llibreters castissos, parlen de la necessitat que Barcelona disposi d’una fira permanent del llibre vell. Els barracons de Santa Madrona resulten un anacronisme ja insostenible.

Mercat de llibres vells a Santa Madrona

-Ara bé, on instal·lar-la? – es pregunten tots tres.

            La plaça de la Universitat, com la Fira de la Mercè demostra, és un punt estratègic, un lloc de primer ordre. Vendre permanentment llibres vells allà, és un bell somni.

            Els llibreters de vell somien sempre. Millà em mena al seu lloc, per mostrar-me, misteriosament, una pintura que ha comprat aquesta mateixa matí als drapaires de les Glòries.

            -Un Urgell – afirma -, un dels comptats Urgells que no són de tema fúnebre.

Diu que l’hi han donat per cinc duros. Realment, és home de fires.

Article: “Conferència de les tres pipes, sota el sostre dels llibres d’ocasió i la vista al futur“, Sempronio, Destino, 1959.

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“Para el libro de ocasión, toda ocasión es buena. En Barcelona hay miles de buscadores de hallazgos librescos, de gentes que gustan de revolver volúmenes tras el descubrimiento feliz que pondrà en sus manos ávidas trémolos de emoción. El gremio de libreros de viejo es importante en la Ciudad. Y es ilustre su condición. Cuenta con muchos eruditor el gremio. Hombres que aman el libro, que lo guardan y cuidan con infinito respeto, con honda y grave veneración. Recogen y catalogan ejemplares raros y curiosos; rastrean en su historia secreta, perquisan en sus buenas y malas andanzas, siguen sus avatares. Y nos lo ofrecen con un punto de emoción que quiere hallar íntima correspondencia, pues si no comprueba en el cliente la misma valoración ilusionada, el comerciante se resistirà a entregar tesoros que son orgulla y prez de su honrado negocio, negocio en cosas espirituales que no deben ser tocadas sin poner en el trato aquella delicada espiritualidad que salve de profanación y simonía las legítimas transacciones comerciales, pues si el libro se ofrece con respeto y se recibe con amor para todos será honroso el provecho.

Barcelona tiene muchas y buenas librerías de lance para lances de la poesía y el saber. Hay calles dilectas para el bibliófilo. Archs, Tallers, Aribau, Muntaner, Canuda, de la Paja… Muchas generaciones de curiosos lectores compraron sus primeros libros de recreación literaria en la viejas barracas de Santa Madrona, que hubiesen sido gratas a Anatolio France y a Menéndez y Pelayo, como lo fueron para Pío Baroja y Azorín.            

Allí acudieron los chicos del Instituto para buscar en los libros de imaginación alivio y descanso de los libros de texto. Luego, el mercado dominical de San Antonio, donde coinciden ricos y pobres, el que ansía saber y el que se conforma con pasatiempos y en donde no faltan la pareja de novios que tiene espacio para la cultura en el paseo mañanero y sentimental, ni el buen padre de familia que lleva, ilusionado, a sus hijos para aprender en ellos su mismo inextinguible amor al libro y su misma insaciable curiosidad intelectual.

            Con motivo de las Fiestas de la Merced, celebróse, en la plaza de la Universidad, la III Feria del Libro de Ocasión. Libros, no por humildes, menos insignes, frente al gran centro de cultura que alberga, muy doctoralmente, doctos libros; tenderetes sencillos bajo una lona de entoldado ferial mostrando su fragilidad ante la recia fábrica universitaria. Ni un incunable. Mas ¿ cuántas posibilidades de un hallazgo feliz? Los que sólo compran libros nuevos no conocen esa sabrosa y dulce emoción del hallazgo ocasional e insospechado, ese placer maravilloso de la sorpresa, esa gozosa alegría de descubrir, de pronto, lo que hemos estabo buscando años y años. ¡Libros de lance! Lance es la palabra que se relaciona con la pesca, con la aventura, con el juego, con la vida heroica y azarosa, con todo lo que da un poco de encanto y de emoción a la existencia humana.

            Un hallazgo, y aunque sólo sea el placer de encontrar lo que será recreo para nuestro espíritu, bien justifica la visita a esta Feria del Libro.

Article: “Glosa a la feria del libro de ocasión”, Luis Marsillach, Gaseta Municipal de Barcelona, setembre de 1954.

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