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Archive for the ‘Fires i Mercats’ Category

“Una de les coses més belles i edificants de Barcelona, es la Biblioteca pública del Passeig de Sant Joan. Per palesar-ho, només cal que hi feu una visita. Hivern i estiu, aquest lloc és visitat per tota mena de gent. I no us penseu pas que s’hi vagi a badoquejar i a perdre temps en aquest lloc, no. Hi veureu des del rendista panxacontent que s’embadaleix amb les obres de Campoamor, a l’obrer que aprofita uns moments de lleure per a sadollar-se de tots aquells coneixements que la manca de temps i de posició social no li han permès adquirir. Aquesta Biblioteca consta d’uns centenars de volums triats entre els més corrents i més assequibles al poble. Potser són pocs, i la varietat hi és encara deficient. Alegrem- nos-en, però, i procurem estimular l’edificació de nous llocs com aquest. La disposició i classificació de volums està feta amb traça i enginy, i d’una manera, sobretot, molt fàcil, tant pel llegidor com pel bibliotecari. En uns armaris de pedra, i assenyalats amb unes lletres de l’abecedari estan classificats els llibres. Uns bancs de mosaic a banda i banda. Uns catàlegs penjats damunt de cada un d’ells, on hi cerca el lector l’obra que desitja, ja sigui cercant-la per enumeració de matèries, autors, o d’obres. Quan té el que desitja s’anota el número que porta i la classificació de la lletra al qual pertany. D’aquesta manera l’operació es fa amb una meravellosa senzillesa.

 —Hi ve molta gent a llegir?— preguntàrem al guarda encarregat de la biblioteca.

 —Sí, molta. encara que amb aquests mesos de xafogor se’n ressenti una mica. Si l’horari fos canviat, es a dir, s’allargués més per la part del vespre, molta més n’hi hauria.

 —I aquest horari és?

 —Des de les nou del matí a les cinc de la tarda. A l’hivern, no diré jo que sigui una hora esbarriada, però el que és a l’estiu, no va gaire bé. En primer lloc, perquè la calor en aquestes hores es fa insuportable, i en segon, perquè quan ve l’hora més bona,que són de les cinc en amunt, la biblioteca es tanca.

—I és clar—fem nosaltres—deu passar que amb un horari així els obrers que treballen fins a les sis de la tarda no hi poden venir, quan encara podrien aprofitar un parell d’hores… N’hi vénen alguns ací?

 —Força, sobretot els que tenen les tardes lliures, els convalescents, i els que han sofert algun accident de treball. La biblioteca és un bon esbarjo, i n’hi ha que hi passen el dia sencer. Un nen d’uns deu anys s’atansa tot vergonyós

  -¿Vol fer el favor de donar-me un llibre?

—Quin llibre vols? Que no has mirat el catàleg?— li diu somrient el guarda.

—És que no sé quin triar…

—I bé, quina mena de llibre voldries ?…

 —Un que sigui ben bonic !—diu tot il·lusionat –  Que hi ha força “sants”.

     El guarda obre un departament destinat a llibres d’infants. Treu els «Contes d’Andersen.

 —Té, i no l’espatllis.

     El noi marxa tot content, s’asseu a un banc i comença a fullejar febrosarnent.

 —Per a fer aquesta feina es necessita ésser guarda i mestre de minyons alhora. No saben pas mai el que volen, a vegades fins m’han demanat obres de Balmes

 —Ací, d’un cap de dia a l’altre hi deveu veure desfilar una colla de gent diversa…

 — Sí, la majoria de gent que concorre a la biblioteca és gent jove.

 —I de llibres no en desapareixen ?

 —No, en aixó estem de sort. En contra el que molts opinen de la incivilització actual, el que passa ací és ben al contrari. Tornen els llibres i els saben respectar.

      Hem vist que l’entreteníem massa. Tres lectors s’estan impacientant.

 — Perdoni — ens diu — cal no fer esperar aquesta bona gent.

 —Teniu raó—fem nosaltres—el temps és or.

       En aquest cas, més que mai, el proverbi anglès hi és com l’anell al dit. !

      Article: “El bibliotecari del Passeig de Sant Joan, fa declaracions”. Àngel Pons i Guitart a Imatges, 24 set 1930. ( Fotos de Casas )

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“No todo son libros en la feria de libros barcelonesa. El negocio ha sufrido modificaciones perceptibles y al dictado de la moda, o bien de las exigencias del público, que todo viene a ser la misma cosa, han surgido los vendedores especializados en revistas extranjeras. “Vogue”, “Post”, “Paris Match”, “The Satursay Evening Post”, “Punch”, “Constellation”, “Tout”, “Sport Digest”, “Selecciones del Reader’s Digest” y algunos centenares de títulos más acaparan los maderos y cajas de los mentados especialistas.

Las transacciones más importantes durante los últimoa años se las apuntaron entre nosotros los vendedores de números atrasados de “Reader’s Digest”, la revista más leída del mundo, 15.500.000 ejemplares por mes, en once idiomas se esparraman por nuestro planeta. Ignoro los que hace tres o cuatro añs llegaban a España; empero, sí que podré explicarles con cierto fundamento que el control de ejemplares usados de que hacía gala este mercado fue en todo momento de una discreta importancia. Recuerdo que sorprendió en gran manera la inflexible cotización que regía para la compra de números atrasados. Huelga decir que a mayor retrospectividad de los ejemplares, más cuantiosa se planteaba la tarifa. El precio, con todo, sufría variaciones inusitadas en algunos casos, lo que reforzaba una vez más la vieja creencia de que no hay regla sin excepción. Y comprenderán muy pronto a lo que voy si les explico que algunos números del primer año de la aparición de “Reader’s Digest” – 1941 – se vendieron por poco dinero a consecuencia de ciertas irrupciones del todo imprevistas en el mercado barcelonés. La edición argentina se permitió en más de una ocasión originar turbulentos descalabros, con lo que las listas a màquina de la cotización “oficial” no tuvieron más remedio que acusar el golpe y, maldiciendo al tío Paco, decretar la inminente rebaja.

Conseguir el número uno, correspondiente a diciembre de 1940, que me interesaba para mi colección particular, me dió mucho trabajo y, como el cazador, aguardar sin desfallecer, rondar la pieza y seguir el rastro sirviéndome de auxilios ajenos. Cayó un domingo. La cubierta era de un rosado algo obscuro, orlada en plata. No se trataba de un ejemplar precisamente nuevo, pero bien merecía el título de presentable. Ríase usted si quiere, pero el temblor de mi mano derecha nadie lo detuvo. Sabía que el precio sería fuerte y tal vez por ello pagué en el acto sin chistar. Doscientas cincuenta pesetas. Ni una más ni una menos. Luego, pagándolos a treinta, veinticinco y veinte duros, pude ir reuniendo los primeros números de la colección, que hoy tengo completa.

Bueno. Decíamos que también privan las revistas en la feria de libros y nadie podría ponerlo en duda. Las revistas técnicas, de modas, de plásticos, de química y aeromodelismo cuentan con una clientela importante y adicta. Luego siguen, por escalafón, los que compran según el interés de las fotografías y temas inseridos. Los dibujantes preguntan, con una cara muy grave, cosas por este estilo:

-Hoy busco perros. ¿ Cómo está usted de perros?

Estos libreros de la Ronda, cuyo lema rima sabiamente el loco con el poco, no se inmutan jamás y toleran las peticiones y los encargos más inverosímiles. Siguiendo con otros especialistas es necesario no olvidar a los que trabajan preferentemente los “tebeos”, o sea los papeles infantiles; los que ofrecen un buen surtido de libros franceses; los que a las piezas musicales, métodos de solfeo y biografías de músicos célebres se dedican; los especialistas del libro catalán; los acaparadores de literatura teatral; los acreditados en el comercio de reproducciones y grabados y, finalmente, los puestos que alternan la venta de libros con las postales y los sellos de correos. Se trata de una minoría, pero objetividad obliga dejar constancia de ella.

Las transacciones, los pisotones, la animación, el embarazoso caminar, la curiosidad y la búsqueda constituyen las notas predominantes de esta concurridísima feria. Última vuelta

Los niños tienen también su demarcación en la feria. No son los libros lo que a ellos les interesa, sino el cromeo, o sea la compra, venta y cambio de las colecciones de cromos. Hay los niños que “hacen” “Blanca Nieves, “Escuadras de guerra”, “Las minas del Rey Salomón”, “Album de aviación”, “Érase una vez…”, o bien “Garbancito de la Mancha”… Los cromitos se venden a diez céntimos, a real los más difíciles de obtener, y los cambios se conciertan a razón de tres cromitos viejos por uno de nuevo. Los niños, con serenidad y autoridad magníficas, pagan, cambian, buscan los ejemplares que les faltan y en muy rara ocasión demuestran atolondramiento.

-Cuente. Trece cromos. O sea, una peseta con veinte. Recuerde que le he entregado tres cromos a cambio.

-Sí, sí, guapo, ni hablar…

A partir de la una del mediodía la feria entra en su fase de declive. Menguados visitantes la cortejan. Los libros se apilan verticalmente. Cordeles. Cajas de embalaje. Y, de súbito, esos montones de libros de mi admirado amigo Ramón Gómez de la Serna. Ese es un misterio que no acerté jamás a explicarme. ¿ Qué tendrán los libros del autor de “El Circo” que penetran en las librerías de lance en tan ingentes cantidades? ¡Y qué humorística greguería esa de los flamantes libros de Ramón presumiendo de nuevo precisamente en las librerías de viejo…!

Voy leyendo nombres de autores, agolpados, hojiabiertos, despanzurrados libros. Eça de Queiroz, Amado Nervo, Manuel Machado, Pierre Loti, León Tolstoi, Enrique Fajardo, Antonio Maura, G. Apollinaire, Mark Twain, Luis de Zulueta, Colette, Willy, Juan Valera, Tirso Medina, Azorín, Armando Palacio Valdés, Santiago Rusiñol, André Maurois, Enrique Jardiel Poncela… Plumas que en la vida real tal vez se hubieran combatido con furia irreductible, ahora, entrelazadas sus páginas, parecían querer ventilar sus viejas polémicas y rencillas en un abrazo conciliador.

El viento, un soplo de viento, ha venido a agitar las páginas de un libro en rústica. En sus primeras hojas blancas, sin imprimir, una dedicatoria autógrafa se hace visible. La tinta, puro color algarroba, atestigua, más elocuentemente que la misma fecha del pie, el vertiginoso discurrir de los años que fueron. “A mi dilecto amigo…”. Pensáis: ¿Seguirá viviendo este dilecto amigo? ¿ Continuará llenando cuartillas y dedicando libros este ignorado escritor?

Con los mismos carretones de ruedas chatas y menudas con que llegaron por la mañana, harán el viaje de regreso los volúmenes que no se vendieron en la feria.

Se agolpan los bancos, maderos, caballetes, toldillos, tableros, cuerdas, taburetes y escalerillas. Terminó la feria y reina ahora esa típica tristeza de tendido de plaza de toros pocas horas después de haber sido despachada la corrida.

Ahora el sol se ha ido a leer la cartelera de espectáculos en la pared de una esquina.

Hemos entrado en el meridiano del arroz dominical, del postre familiar y de la siesta dilatada. Ha menguado la animación humana en la calle.

Un hombre se pierde en la urbana lejanía, caminando con torpeza, absorto, un libro viejo entre sus manos.

Article:”Feria de libros viejos” de Manuel Amat, Destino, juliol de 1952.

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“Acaba de tancar-se la Fira de el Llibre d’Ocasió. Situada a la plaça Universitat, ha arribat a la xifra calculada de vendes -dos milions i mig -, ha demostrat que la previsió de qui la va proveir d’un teulat plàstic estava ben fundada, doncs és ben sabut que la venda al carrer de llibres és una invitació al xàfec i al tancar s’han afirmat projectes tan interessants per l’estètica ciutadana, ja que no per l’evocació nostàlgica, com el de renovar les paradetes del mercat de llibres de Santa Mònica.

            Nous i moderns llocs substituiran les desmanegades paradetes de taules que tants records guarden per a moltes generacions d’estudiants i amants del llibre.

            El llibre, aquest “millor amic de l’home” per mor d’aquest mercat i de tants establiments que a Barcelona es dediquen a aquesta especialitat, ha fet, com a tal amic, innombrables favors quan només a ell cabia acudir. Quantes tardes d’alegria estudiantil, quantes entrades de cinema de joves parelles il·lusionades, quantes altres coses que ens van deixar molts agradables records es van realitzar gràcies als pocs duros aconseguits al mercat de llibres d’ocasió a canvi dels llibres de text, o de les edicions de luxe que ens van regalar en els nostres aniversaris … A vegades, la venda tenia característiques de préstec amb garantia: el mateix llibre de text era recuperat pocs dies després mitjançant el pagament d’un mòdic interès.

 -No em vengui aquest llibre, senyor Joan, que d’aquí a quinze dies m’arriba el gir i el recuperaré perquè ho necessito per als exàmens trimestrals. I el senyor Joan el guardava pacient i antieconómicament, i fins i tot el prestava per als exàmens trimestrals si no es podia tornar a recuperar en el temps previst.

I ocasió, en fi, va significar aquest mercat per a moltíssims, situats a l’altra cara de la moneda, que van trobar en els seus polsosos munts, l’edició esgotada, el llibre rar, o aquell que el seu peculi no permetia comprar nou i calia llegir perquè tothom parlava d’ell. Vendes d’ocasió, ocasions de comprar. Entranyables moments de recerca i fins de lectura a la caloreta hivernal, que tan bé sap en aquell racó de la Rambla.

            L’estètica ciutadana exigeix ​​la renovació del mercat, la comoditat dels venedors pot ser que també. Què hi farem? Adéu a les velles cofurnes, híbrids de xurreria i caseta de fira. Nous o vells seguiran servint de lloc de recerca per el curiós i de panacea infal·lible per a les petites necessitats de diners de molts estudiants que faran, ni més ni menys, el que van fer els seus pares i avis, encara que aquests difícilment arribin a confessar l’inefable pecat de canviar llibres per els moments més feliços de la nostra vida. Perquè el llibre, nou o vell, encara que més aviat el nou és en aquestes ocasions, com en moltes altres, «el millor amic de l’home».

Article: “El llibre i l’ocasió”, La Vanguardia 3 d’octubre de 1962.

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“Cada domingo contamos con feria de libros viejos en Barcelona. Se celebra al amparo de la marquesina circundante del edificio del Mercado de San Antonio. De esta forma en las calientes mañanas estivales vendedores y compradores vense resguardados de los ardores del sol. Y en invierno, cuando el frío y la lluvia más desapacibles se muestran, la marquesina cobija y protege el deambular pausado de los que van dando vueltas entorno a esa noria de libros y revistas, de viejos grabados, de ancianos, amarillentos mamotretos.

En montones, revueltos, sobre tableros, podemos contemplarlos. Todos estos libros vulgares representan, por lo menos, un momento en una vida human. Lo que ahora nos parece insignificante, ha animado durante un instante un espíritu. ¿ Qué sabemos las manos que han vuelto las páginas de este pobre libro? Nosotros mismos, en la soledad del campo, sin nuestros libros dilectos, hambrientos de lectura, ¿ no encontraríamos también placer en la lectura de este volumen anodino? En parte, en gran parte, EL LIBRO ES NUESRO MISMO PENSAMIENTO. Muchos de estos libros de la feria nos serán útiles. Acaso, sobre basto papel, con borrosos tipos, veremos estampado un pensamiento sencillo, natural, de un hombre ignorado que un día se puso a escribir sin saber nada. En los pueblecitos de Castilla – como en otras partes – ha habido de estos hombres que escribieron un día y que nadie sabe qué han escrito. En ellos el pensamiento puede quedar expresado en forma afectada y laberíntica – sugestión de grandes autores -; pero puede también estarlo sencilla y limpiamente, con la sencillez y la limpieza de una fuente en la montaña. Una mañana de otoño, curioseando en la feria de los libros, hemos encontrado uno de estos volúmenes”.

El que así escribe y describe es Azorín, en su delicioso libro “Un pueblecito. Riofrio de Ávila”. Como el gran escritor, son muchos los que se afanan en dar con uno de estos volúmenes y este íntimo placer de la búsqueda les aviva la mirada y les impele las manos a hurnear por entre las revuetas pilas de libros.

En la feria no abunda, por lo general, el espíritu selectivo y ordenador y a la venta se ofrecen en abigarrada mescolanza, novelas románticas, tratados de vegetarianismo, pensamientos sublimes, recetas culinarias, procedimientos para jugar con ventaja a la lotería, guías turísticas, tratados de urbanidad, ediciones miniaturizadas infantiles, consejos a los solteros, modo de amenizar una velada familiar, compendios de medicina casera, libros escolares, folletos policíacos, seguros medios para hacerse millonario en poquísimos días, en mucho menos tiempo del que tarda en cantar un gallo…

Toda la anodinidad, toda la grisura, toda la vulgaridad de los libros inútiles – son palabras, como antes de Azorínestá aquí. Es enorme la cantidad de libros absurdos que han sido publicados”.

Junto a los libros absurdos están tambien aquí, apiñadas, las obras maestras de la literatura universal, hermanados unos y otros autores en un destino común.

-¡ A peseta, a peseta! – vocean desde un puesto de la feria.

El público desfila con paso indiferente. ¿Quién se atrevería a hablar ahora de inmortalidad y de siglos de oro, mientras una voz va pregonando a grito pelado: “¡A peseta, a peseta!”…?

Los libros aguardan en formación como un veterano y disciplinado ejército. Sus títulos nos intrigan a veces, en otras excitan a la lectura, en la mayoría de casos nos colman de incertidumbre. Es cuestión de hojearlos y de catar, siquiera brevemente, la índole de su mensaje. Ya está abierto el libro. Se trata de un resumen estadístico de España. Sus autores, don J. Escobar y don A. de Alfaro, nos enteran que la población de España trae su origen de razas en extremo numerosas y diversas, tanto antiguas como de la Edad Media.

Vecino de este diminuto volumen – bien que todo un Almanaque-Enciclopédico – descubrimos los “Sinónimos castellanos”, de Roque Barcia. La introducción del autor termina con esta frase ampulosa y sincera: “ ¿Hombres que ilustráis al mundo hablando y escribiendo en lengua castellana; cenizas que tenéis sepulcro en toda la tierra; sombras que mira con respeto toda la humanidad, recibid el humilde saludo de una gran generación!”.

El tomo séptimo de las obras completas de Federico García Lorca ha venido a dar también en estos polvorientos parajes. Su cubierta azul aparece desvaída y el dorado apagó de tiempo sus fulgores. García Lorca nos habla del Monasterio de Silos: “Cada vez que se miran las arquerías magníficas estalla en el alma un acorde de majestuosidad antigua.. Hay sobre los suelos un empedrado caprichoso y característico. Hay humedades inefables y consoladoras...”

Dejamos al prodigioso García Lorca con la palabra en la pàgina y continuamos deambulando. La feria se ha ido animando. Pasan libreros de nuevo perseguidores afanosos del “hallazgo” de viejo. Su mirar experto les permite atalayar de lejos mientras un fino olfato de cuervos de carne de libro raro les guía certeramente por entre los múltiples y atiborrados puestos de la feria.

Usted posiblemente no se daría cuenta, pero ese público que codea a su lado haría posible una catalogación tanto o más perfecta que la de los mismos libros expuestos a la venta. Coleccionistas, especialistas, bibliófilos, caprichosos y maniáticos de la letra impresa constituyen los personajes típicos del mercado. Cada domingo hacen acto de presencia, efectúan el recorrido, se detienen para preguntar a sus habituales proveedores:

-¿Salió algo?

-No. De todas maneras, está al caer un tomo de numismàtica que creo va a gustarle. Buen asunto. Impreso en Leipzig.

-¿Precio?

-No se alarme. Una viuda que no sabe lo que tiene en libros.

-Pues no me pierda usted de vista a esa viuda amigo.

La mañana se va encandilando, está en su auge. El sol se cuela, burlón, por las rendijas de la feria y en su caprichosa estocada de luz enciende de colorines las guardas de unos tomos franceses de botánica. Del edificio cerrado del mercado llega un vaho molesto, grosero, de carne de ternera. Da lo mismo. Una esbelta mocita, muy seria con una blusita verde caramelo, se acercará al librero para preguntar con finura de voz:

-¿No le queda a usted nada de Pérez y Pérez?

            “Feria de libros viejos”, Manuel Amat, Destino, juliol de 1952.

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“La Fira del Llibre d’Ocasió Antic i Modern, que se celebra anualment a Barcelona, ​​és considerada com una de les mostres culturals de major arrelament a la ciutat. És la seva vessant popular la que ha convertit un certamen de llibres en un esdeveniment multitudinari. D’aquí el seu èxit que en cada edició augmenta considerablement. El ciutadà aprofita les estones d’oci per a acudir a la Fira i no només s’interessa pel llibre d’ocasió anomenat «modern” sinó també per l’anomenat «antic». Una perfecta conjunció que atreu l’interès de la gent.

 Han sorgit opinions aquests dies passats en el sentit de desdoblar aquesta manifestació literària-comercial en dos sentits: crear un certamen del llibre antic i un altre del llibre modern. Segons els padrins d’aquesta peculiar idea es tracta de dues coses, de dos certàmens, totalment diferents i amb clienteles diferenciades. És possible, si es considera que tota persona té ple dret a mantenir els seus punts de vista sobre els esdeveniments que ens envolten.

En els mitjans assabentats, en els nuclis actius d’aquest certamen, la proposta llançada aquests dies al vent ja haurà estat discutida. Però sens dubte hauran sorgit -i sé suposa- objeccions a tan original proposta que pretén dividir una Fira que fins al moment constituïa un èxit precisament per conservar units, agermanats, el llibre d’ocasió modern i l’antic.

 En una afirmació si més no objectiva, cal assenyalar que no resulta viable emprendre dos certàmens excloents. El llibre antic és rara peça que posseeixen en proporcions molt limitades els llibreters: no sembla factible que creixi la Fira única del llibre antic, ja que no posseeix entitat suficient per donar forma a un certamen de les característiques de l’actual. Si arribés a constituir-se, es presentaria desemparat i, a més, mancat d’aquesta calor popular que avui anima la Fira. Un certamen del llibre antic seria propi únicament per a entesos i milionaris, ja que la raresa dels mateixos i l’alt cost dels volums representaria evidents barreres per a les dites gent de carrer.

 És cert que el nucli de visitants de l’actual Fira està format majoritàriament per ciutadans que aspiren a adquirir llibres normals a baix preu i que poques persones van a comprar exemplars del segle XVIII. No només perquè la seva inquietud vela armes molt lluny d’aquestes ambicions, sinó també perquè els seus recursos econòmics els impossibiliten per a tals empreses. Però ocorre que el barceloní que s’arriba a la Fira amb el propòsit d’adquirir un volum per al seu consum literari pot admirar i fins i tot mirar els rars toms antics que allà s’exposen conjuntament amb les restants mostres bibliogràfiques.

 Separar les dues manifestacions seria mortal o de greu risc per a la Fira. L’interessat en un llibre d’ocasió modern acudiria en menor nombre al certamen; aquest es convertiria en alguna cosa sense substància. Per la seva banda, una exposició-venda de llibres antics seria vedat tancat a les inquietuds de la majoria dels visitants d’avui. Tot això, al marge de l’evident segregació cultural i social que això comportaria. La marginació és cosa molt mal vista actualment i Barcelona no s’ha manifestat mai a favor d’ella, tot i que en altres àrees ciutadanes pugui ocórrer al respecte.

 Per tot això sembla ajustat assenyalar que la Fira del Llibre ha de ser respectada en la seva actual estructura. L’afluència de públic, la seva antiguitat i el prestigi ben guanyat en anys difícils, són garantia que s’està en el bon camí. Maldestre seria intentar modificar una realitat que marxa cap endavant recolzada en la calor popular. Quan una manifestació te el consens de la població és senyal evident que ha triomfat.

La Fira del Llibre, Una”. La Vanguardia, 27 set 1972.Redacció.

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“Los rollos de papiro fueron los primeros libros que poblaron la gigantesca biblioteca de Alejandría, capital del bajo Egipto, fundada por Ptolomeo II. En la superficie de tan sutil membrana vegetal extraída de los abundantes tallos que crecían en las orillas del Nilo, el cristianismo de Oriente escribió en griego la Biblia hebraica y la Grecia Inmortal sus primeros poemas.

Simultáneamente se emplea para la escritura el pergamino ( piel de oveja), que perpetúa el nombre de Pergamo, ciudad del Asia Menor, donde se preparó en grande y permitió al rey Eumeno II fundar su célebre biblioteca.

Los césares romanos, a pesar de su crueldad, no dejaron de rendir culto al talento. Su opulencia se envaneció de poseer los mejores códigos ( libros cuadrados), griegos y latinos.

En Bizancio, los Libros Santos, magníficamente miniados en páginas de vitela ( piel de ternera), fueron exaltados con primores de orfebrería. El triunfo de la piedad en ningún momento estimó excesivas ante el altar las ofrendas suntuarias. Las huestes precursoras del arte de San Eloy y sus segidores labraron maravillas en las cubiertas de los Evangelarios.

En la baja Edad Media, los libros de meditación y estudio, reunidos en monasterios donde radicaban las facultades mayores, fueron salvaguardados por recias tablas de cedro; la piel del venado, ásperamente zurrada, fue su regia vestidura; herrajes y cadenas, su protección.

Dignamente ceñidos de oro y plata, esmaltes y piedras preciosas, o enfundados en sus rudimentarios indumentos, los rancios ejemplares – testimonios eternos de la evolución de la mente, del arte y de la fe -, que milagrosamente han llegado a nuestros días, se custodian en el lugar más sagrado de las bibliotecas y museos diocesanos de cada país.

Descubierto en Maguncia el hábil artificio de multiplicar sin límites el pensamiento escrito, se abre el período radiante del libro. Tal acontecimiento se consideró obra del espíritu maligno. Vencidas las contrariedades y terminados los procesos, el arte de Gutenberg triunfó plenamente en todas las grandes ciudades del Continente intelectual. En las portadas, así como en las páginas del libro, se desarrolló pronto una nueva estética sumisa a proporciones arquitectónicas. El arte de la estampa y el arte de la encuadernación se abrazaron al glorioso estandarte de las divinas letras, de las letras humanas y de la poesía. El libro de “pergamino de trapo” – que así se llamó el papel de hilo cuya fabricación introdujeron en Europa los árabes a través de España – conquistó universal efecto.

El prístino vigor de los incunables; los caracteres góticos y los que usaron después impresores ilustres; la incipiente ilustración; la perfecta tipografía; los grabados avant la lettre de los siglos XVIII y XIX, y las robustas encuadernaciones de cordobán, con improntas doradas y mosaicos, poseen un encanto que enamora el alma:

“ ¡ Ven, libro viejo, ven, roto y ajado!

Quiero embriagarme de tu añejo vino”

exclamó Marcelino Menéndez y Pelayo en su “Epístola a Horacio”.

El súbdito francés Louis-Nicolas Robert patentó, en 1798, la primera máquina de fabricar papel continuo, la cual, construïda unos años más tarde, dio ya práctico rendimiento en Francia y en el Reino Unido de la Gran Bretaña. Los maderables bosques del inmenso Canadá y Finlandia, los de Noruega y Suecia ofrecen, sin agotarse jamás, la pasta química elaborada con desechos de madera y serrín. Pasta que, transformada por procedimientos varios en excelentes calidades de papel, proporciona pasto inalterable a la voracidad de ese monstruoso dragón de hierro, con paladar de antimonio y huellas de signos gráficos que, sentado en todos los confines, consume raudales de aceites y grasas, negro de humo y resinas, con el fin de dar a luz ramas interminables de papel impreso.

De esta endiablada conjugación surge el libro moderno que todos codiciamos, trujal constantemente renovado, en el que fermenta el jugo agridulce de las ideas.

El día 23 de abril de cada año, festividad de San Jorge, se celebra en España el “Día del Libro”, como es sabido, con una rosa en el pecho y un recuerdo consagrado al más universal de los grandes escritores españoles.

El libro es objeto, en nuestro agitado siglo, de renovadas cortesías en contraste con la vulgaridad. La xilografía, la talla dulce, el aguafuerte y la litografía – “almas mater” de la ilustración – siguen en pleno vigor. Cada cual a su manera, los nuevos “artistas del libro” de cada país dominan sus técnicas pasando de una a otra con entera libertad y decisión. Los pintores-grabadores de la Escuela de París, ávidos de originalidad interpretan con reflexiva audacia los depurados métodos y recetas que acreditaron los viejos maestros del oficio de los cuales se desdeña la colaboración. Con sus bosquejos de acento primario en los que contrasta el blanco y negro con nítida espontaneidad, se adhieren conscientemente al ímpetu ideológico que invade la razón y la estética contemporáneas, quebrantando el virtuosismo técnico y las académicas convenciones. Desde Bonnard a Rouoult, una heterogénea cohorte de insignes pintores, entre los que figuran brillantemente los de Barcelona, Valencia y Madrid, han puesto al alcance del bibliófilo, por medio de los indicados procedimientos – resaltados a veces en color y al lado de excepcionales manifestaciones de temple clásico -, un extenso repertorio ecléctico de obras geniales que ilustran el libro dentro del marco seductor de un gran papel con barbas nativas y una bella tipografía.

La encuadernación, epílogo suntuoso de la estructura formal del libro bello, ha ostentado en todos los tiempos magnificencias y atributos de regia distinción. Al declinar el primer cuarto del siglo actual los decoradores y dibujantes, incorporados de lleno al arte de encuadernar, se declaran, en la capital de Francia, libres de dogmatismos y tradiciones. Actitud heteróclita que reúne adeptos en todas las regiones del continente europeo, donde hierve el entusiasmo por el libro y su belleza.

El artífice encuadernador-dorador realiza prodigios. Fiel a los originales bocetos de los artistas decoradores, su madeja de hilos de oro describe sobre la fina piel de marroquí o de becerrillo, laberínticas espirales y fantásticas ondulaciones; taraceas de corcho y otras materias insólitas, incrustaciones de latón modelado o estaño derretido vertido gota a gota sobre cauces previstos en la piel son las más recientes elucubraciones.

Este singular tatuaje, sugerente e inalienable, que distingue uno de otro el libro por su originalidad de la encuadernación , anticipa, con sus vibrantes modulaciones de ritmo y de color, presuntas armonías.

La bibliophilie commence à la reliure”. En el reducido mundo donde repercutió esta ardiente frase de Henri Béraldi no fue todo conformidad. Discursos y manifiestos atronaron el aire. Mas, aciertos indiscutibles y saludables rectificaciones han conseguido quebrar la rigidez de fatigados conceptos y preceptos dando paso a una nueva razón.

Reacios andaremos en reconocerlo, pero nuestro esfuerzo de adaptación a las evoluciones del arte y su misterioso influjo es cada día menor. La hoja de acanto, el olivo y el laurel han perdido su virtud, así como el delicioso parloteo romántico del lenguaje de las flores que tantas veces sintetizó sentimientos diversos en el lomo y las tapas de la encuadernación.

El precipitado crecimiento de las artes del libro aturde. Gigantescos interrogantes se levantan.

¿ Se desvanecerá totalmente la sombra de Gutenberg? ¿ Sustituirá la imagen visual o plàstica a la maravillosa significación de la escritura?

Ociosa sería la enumeración de conjeturas…

El libro, al igual que el destino de la humanidad, se encuentra atenazado a los descomunales acontecimientos técnicos y científicos que gobiernan el mundo.

Article;”Evolución del libro y su vestidura” per Brugalla a El Libro Español, nº 137, maig 1969. Extret d’un article a La Vanguardia.

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“Una vegada més, la ciutat de Barcelona amb la «Fira del Llibre» afirma la seva resolta voluntat de sentir-se lligada a tot el que aquest representa, és a dir, a tenir present tothora uns coneixements efectius dels nostres valors espirituals que facin possible mantenir la fidelitat a la nostra llengua i cultura.

 A través de la nostra recent història, aquest anhel, que és ben natural i simple, sovint no ha estat massa fàcil obtenir-lo, però mai no hem d’oblidar que la nostra fermesa ha fet que, tot seguit o a la llarga, sempre hem aconseguit els nostres propòsits de triomf. Aquest permanent i obstinat combat, per tal que la presència del llibre representi més que un signe de la nostra vida espiritual, vol dir avui, i també el dia de demà, que no podem deixar de persistir en la seva difusió i defensa i que la nostra fe és permanent.

 Es per això que el llibre no l’hem mai de menysprear, tot el contrari, doncs; si algunes vegades no el trobem tan interessant com voldríem o el considerem superficial, hem de pensar que sovint ens passa com amb el vi novell, al qual el temps dóna un sabor i una solidesa que el fan inoblidable.

 No sóc pas jo qui us ha de parlar del que és i representa el llibre, però sí que em permeto remarcar —encara que ja ho sabeu— que els pobles que coneixen bé el pes de la seva història, que li són fidels i que tenen grans ambicions de futur, són aquells en què la cultura s’ha sedimentat fent possible el seu triomf i deixant al món un exemple a seguir. El llibre sempre n’és un clar i evident testimoniatge.

 Podeu ben creure que en la meva llarga i sovint atzarosa vida, hauria estat ben trist de no tenir llibres al meu costat, almenys un que fos, com deia Montaigne, de bona fe i que nosaltres diríem que a més ens aportés pensaments dels quals poguéssim treure la saba que enfortís i eixamplés els nostres coneixements per tal que la nostra acció pogués ser més compresa i volguda.

 Al meu entendre, tots els llibres, vinguin d’on vinguin, diguin el que diguin, ben expressats o mal escrits, han de merèixer sempre el nostre respecte. No s’ha de menysprear mai un llibre, car tots ells són fruit d’una voluntat, sovint plena de fe i d’un anhel de superació, per fer veure o comprendre nous horitzons o bé per fer-nos enriquir amb els coneixements i experiències d’un passat que, bo o dolent, cal tenir en compte si volem ésser sincers amb nosaltres mateixos.

 Els llibres són útils i han d’ésser estimats perquè són un aliment espiritual i a la vegada una lliçó constant que ens encamina en la nostra vida i obre nous horitzons en el quefer de la nostra existència. Ells donen forma a la nostra manera de parlar i de pensar i una cosa i l’altra formen el nostre pensament i futur.

¿Qui no recorda els llibres de la seva adolescència que tantes i tantes il·lusions i generoses ambicions arrelaren en nosaltres i que ens han acompanyat i ens han donat fruits saborosos? Perquè els recordem, constatem avui la necessitat de no separar-nos-en mai, ja que els coneixements que ens varen donar han estat ben sovint un gran remei en els moments de vicissitud i un consol en les decepcions de la nostra vida espiritual.

 Un llibre ha estat, és i serà sempre un refugi i una obligació de meditar que tot seguit ens farà trobar la serenitat necessària per a millor comprendre quin és el nostre camí. Potser no us sembli així, però crec que tot llibre comporta el deure de meditar, i això en aquest món esvalotat cada cop és més necessari.

 Es evident, per exemple, que un bon llibre d’assaig o de poesia ens donarà una serenitat i ens obligarà a unes reflexions insospitades que serviran per a evitar raonaments confusos o paraules sobreres que ens enterboleixen els principis i els fonaments d’una idea o d’un pensament. Una llarga experiència en el món de les més compromeses decisions ens duu a la lectura perquè, després d’haver pres feixugues responsabilitats, llegir és un suport que ens permet mesurar el valor, l’encert o l’error de la nostra acció i que ens obliga a valorar més justament el futur i a la vegada el present.

 Gràcies, en part, als llibres, aconseguirem que la continuïtat en tots els ordres de la nostra vida sigui l’empenta que mai no deixi de recordar-nos el que hem estat i el que desitgem per a la nostra millor glòria i la del nostre país.

            Pregó :“El llibre, un refugi” de Josep Tarradellas, AVUI 20 set 1983.

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Bar La Pansa

“Mi querido amigo:

¿ El bar “La Pansa” le era conocido? ¿ Puso, alguna vez, los pies en él? Se lo pregunto pensando en la sorpresa de tomo y lomo que se llevará usted de acercarse allí un día de éstos, al ver el antiguo bar transformado en librería, inmensa librería. “Es la primera victoria lograda por los libros sobre la bebida”, sugiero a José Pi Caparrós ( supongo ya consolado del naufragio de sus cándidas ilusiones de candidato a concejal) y a Lluís Millà, directivos del gremio que reúne a los comerciantes en maltrechos volúmenes.

No es que “La Pansa” haya cerrado ahora. Lo hizo hará como un par de años. Era uno de los bares más pintorescos de la ciudad, foro de la gitanería de Hostafranchs y de Sants, lonja de los chalanes del vecino Matadero. A veces pienso qué se habrá hecho de la pianola de “La Pansa”… Testimonio de la animación de aquel establecimiento famoso son los limpiabotas que, sentados sobre sus cajones, permanecen aún alineados en la acera, cual si no se hubieran dado cuenta de que les han escamoteado el bar.

Con Santiago Olives, delegado en Barcelona del Instituto Nacional del Libro, en el acto de inauguración de esta Feria del Libro de Ocasión santsense, evocamos el pretérito turbulento y popular de su escenario. “Son demasiado jóvenes, para saberlo”, me dice Olives, aludiendo a nuestros interlocutores. La plaza de España era un foco de agitación. Cuando en cualquier punto de la topografía ciudadana era detenido un individuo portador de armas o bombas, al interrogarle acerca de la procedencia de su insólita carga, la respuesta era infalible: “Me las dio un desconocido en la plaza de España”. Anguera de Sojo, siendo gobernador, penetró una vez personalmente en “La Pansa” para su registro a fondo.

Los pertrechos de la antigua y extinguida “Pansa” son estos días bastante inocuos. Libros, muchos libros. Aunque la confusión perdure, si bien de diferente orden. El señor Olives comenta: “Esto se ve claro. Será necesario establecer una distinción entre el libro viejo y el libro de saldo. Quizá se impongan un par de ferias, distintas. De seguir como hasta ahora, no hacemos sino desorientar al público”. Ilustrando su opinión, y al alcance de la mano, en uno de los puestos elevábase una columna de libros nuevos, flamantes, salidos de la editorial, con la vida de un popular escritor narrada con filial pluma. Los saldaban a cinco duros, mientras las librerías de nuevo los venden a ciento sesenta pesetas el ejemplar…

Cartas de Sempronio, Destino ,14 nov 1970.

Plaça España, 1966

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Venda de llibres vell a Santa Madrona

“L’any passat, les vint parades -deu per costat- de llibres, del Portal de Santa Mònica van complir mig segle de la seva instal·lació. No creiem que ningú, o gairebé ningú, es cuidés de recordar aquesta modesta, però simpàtica efemèrides ciutadana.    Algunes d’aquestes parades -sempre s’escriu «en trànsit de desaparèixer» – la usufructuen autèntics amants del bon llibre, gent de moral purificada, que abans es deixarien tallar una mà que vendre un llibre obscè i pornogràfic.

A un d’aquests coneixedors del llibre vell –d’ocasió- li hem preguntat pels orígens d’aquestes parades, que pesen ja sobre les seves febles teulades d’uralita – abans eren de zinc- mig segle de vida.

             -Començarem per l’any 1902. Si ens remuntéssim a dates més antigues hauríem d’escriure un llibre perquè crec que des dels dies de Gutenberg -i perdoni la irreverència-Barcelona ja caminava ficada en això de la compra i venda de llibres d’ocasió , vells, rars i curiosos.

Venda de llibres vells  a Santa Madrona

 -El 1902

             -Sí, és clar: el 1902 es va organitzar una fira extraordinària al carrer de Corts, entre el passeig de Gràcia i el de Sant Joan. Tots els llibreters van voler lluir-se – «quedar Bé» – i van exposar el millor que tenien. Allò va constituir una veritable festa major per als nostres bibliòfils.

             Després d’aquesta fira, i al veure que el negoci podria realitzar-se tots els dies, els llibreters van acordar instal·lar-se en un lloc permanent, i després de buscar un lloc cèntric i convenient al seu comerç, l’Ajuntament, amb motiu de les festes de la Mercè d’aquell any de gràcia, va accedir a que s’instal·lessin aquí on em veuen vostès ara, al “Portal de Santa Madrona“.

            -Són els mateixos barracons?

             -Idèntics. Es mantenen en peu gràcies als llibres de l’interior, que apuntalen les seves febles parets de fusta. La mercaderia ens sosté.

             -Els veig en plena decadència. A què es deu?

             -Deixo de banda la socorreguda resposta que no es llegeix o es llegeix poc. Els factors de la decadència que en realitat existeixen es deuen al fet que el barri ha canviat. Ara és més «barri xinès» que mai. Han desertat els parroquians al desaparèixer les casernes, les Empreses duaneres que aquí abundaven, al produir-se, en fi, el fenomen de la ciutat emigrant cap a la part alta i abandonant comerços i empreses els llocs clàssics, castissos i tradicionals de la urbs.

            -Però vostès tenen història …

            -Història, sí, senyor, història i historieta. Per aquest lloc han passat diverses generacions de llibreters, que després han ampliat el negoci i han obert establiments -i aquest és un altre dels motius de la nostra actual decadència- en altres llocs de la capital. Durant  molts anys aquest lloc va constituir el punt de reunió de bibliòfils i literats. Es detenia la majoria d’ells a la parada d’en Medina. Entre els contertulians recordo al senyor Ramon Miquel y Planas, com bibliòfil-escriptor, don Pío Baroja, com a escriptor-bibliòfil. Acudien a la tertúlia dos generals. L’un tenia la millor col·lecció d’obres sobre Rabelais; l’altre la més important sèrie de llibres de cuina coneguda a Espanya. Aquí també es deixava caure -la frase en aquest cas és exacta – el bohemi José María Codolosa. L’home va arribar a establir-se en una portalada del carrer de l’Hospital. Com la seva clientela era escassa i el que és pitjor encara , molt pobre, Codolosa -poeta satíric- va col·locar un rètol a la porta de l’escala amb aquests versos:

«El propietari d’aquest portal

fa un negoci segur

compra els llibres a dur

i després els ven a real.

Què tal !. ‘ »

 -Per fi els traslladen a vostès de Santa Mònica?

             -Fa molts anys que ens diuen que van a canviar-nos de lloc; encara dedueixo que no ho hauran trobat.

             -Quin lloc triaria vostè?

            El llibreter arronsa les espatlles, i una mica descoratjat i sense gaire convicció replica:

            -La Plaça de Medinaceli, la de Castella, la de Madrid o, millor encara, davant de l’Hospital Clínic, allà on s’eixampla el carrer de Casanovas.

             -Què demanen aquí els compradors?

             -Molt llibre de text. Diccionaris i gramàtiques per aprendre idiomes estrangers. A la gent, encara que de vegades no arribi a semblar-ho, li agrada estudiar.

             -Novel·les?

            -Estrangers. Premis literaris nacionals … i tres autors: Baroja, Galdós i Blasco Ibáñez. En això el públic segueix sent molt tradicional.

             -¿Organitzen aquest any novament la Fira del Llibre d’ocasió, davant de la Universitat, en els dies de les festes de la Mercè?

            – A l’ igual que l’any passat. «Pararem» ja el dia 20 i aquest cop tots amb els millors llibres que tinguem. L’hi asseguro.

Article: “Llibres al carrer. Efemèrides sense commemorar “, Destino, 12 set 1953.

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“ Fugint de la pluja, em refugio sota la coberta de la Fira del Llibre d’Ocasió.

            -Aquí estaràs bé – em saluda Àngel Millà -. El sostre ens costa setanta mil pessetes, però són ben aprofitades.

            Millà és un dels llibreters de vell amb major solera. El seu avi, Melcior, va ser prestidigitador i llibreter; el seu pare, Lluís, autor teatral i llibreter … Àngel té també la mania de l’escriptura, manifestada entre altres coses, en un llibret on recull la silueta dels llibreters i bibliòfils barcelonins del passat segle XIX.

            -Ingressem diners, sí; però aquí a la plaça de la Universitat patim molt – es lamenta Emili Eroles, un altre venedor de llibres amb personalitat, ja que és autor d’una col·lecció d’anècdotes professionals -. L’únic que la gaudeix de debò és Millà, ja que porta les fires a la sang.

            A la tertúlia s’ha unit Antonio Monràs, amb la seva pipa oriental, la seva calba i el seu bigoti de foca. I Millà recorda succeïts de quan la fira de llibres vells s’instal·lava a la mateixa plaça de la Universitat, però a la vorera del “alma mater”.

            -¡Bufava un vent de deu mil diables, que se’ns portava les paradetes! I el vell Dubá semblava el capità d’un veler capejant el temporal. Cridava: “Arria!”; cinc minuts després: “Issa!”

            L’anècdota porta a Eroles a evocar una altra fira a l’aire lliure, a la Rambla, on en plena tempesta, quan un llibreter recollia apressadament les andrònimes, se li va ocórrer a un comprador demanar-li si tenia Els nàufregs, de Prudenci Bertrana.

Què no et demana la gent? En aquesta mateixa fira d’ara, un cavaller que portava a la mà, embolicada, una barra de pa, va demanar: “No tan sols de pa viu l’home”, prenent per títol d’un llibre la llegenda que figura en el cartell anunciador de la Fira dibuixat per Roca.

            -La confusió és ja graciosa de si, però feta per un individu que porta un pa a la mà, resulta grotesca.

            Entre realitats  i bromes, Millà, Eroles i Monràs, llibreters castissos, parlen de la necessitat que Barcelona disposi d’una fira permanent del llibre vell. Els barracons de Santa Madrona resulten un anacronisme ja insostenible.

Mercat de llibres vells a Santa Madrona

-Ara bé, on instal·lar-la? – es pregunten tots tres.

            La plaça de la Universitat, com la Fira de la Mercè demostra, és un punt estratègic, un lloc de primer ordre. Vendre permanentment llibres vells allà, és un bell somni.

            Els llibreters de vell somien sempre. Millà em mena al seu lloc, per mostrar-me, misteriosament, una pintura que ha comprat aquesta mateixa matí als drapaires de les Glòries.

            -Un Urgell – afirma -, un dels comptats Urgells que no són de tema fúnebre.

Diu que l’hi han donat per cinc duros. Realment, és home de fires.

Article: “Conferència de les tres pipes, sota el sostre dels llibres d’ocasió i la vista al futur“, Sempronio, Destino, 1959.

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“Para el libro de ocasión, toda ocasión es buena. En Barcelona hay miles de buscadores de hallazgos librescos, de gentes que gustan de revolver volúmenes tras el descubrimiento feliz que pondrà en sus manos ávidas trémolos de emoción. El gremio de libreros de viejo es importante en la Ciudad. Y es ilustre su condición. Cuenta con muchos eruditor el gremio. Hombres que aman el libro, que lo guardan y cuidan con infinito respeto, con honda y grave veneración. Recogen y catalogan ejemplares raros y curiosos; rastrean en su historia secreta, perquisan en sus buenas y malas andanzas, siguen sus avatares. Y nos lo ofrecen con un punto de emoción que quiere hallar íntima correspondencia, pues si no comprueba en el cliente la misma valoración ilusionada, el comerciante se resistirà a entregar tesoros que son orgulla y prez de su honrado negocio, negocio en cosas espirituales que no deben ser tocadas sin poner en el trato aquella delicada espiritualidad que salve de profanación y simonía las legítimas transacciones comerciales, pues si el libro se ofrece con respeto y se recibe con amor para todos será honroso el provecho.

Barcelona tiene muchas y buenas librerías de lance para lances de la poesía y el saber. Hay calles dilectas para el bibliófilo. Archs, Tallers, Aribau, Muntaner, Canuda, de la Paja… Muchas generaciones de curiosos lectores compraron sus primeros libros de recreación literaria en la viejas barracas de Santa Madrona, que hubiesen sido gratas a Anatolio France y a Menéndez y Pelayo, como lo fueron para Pío Baroja y Azorín.            

Allí acudieron los chicos del Instituto para buscar en los libros de imaginación alivio y descanso de los libros de texto. Luego, el mercado dominical de San Antonio, donde coinciden ricos y pobres, el que ansía saber y el que se conforma con pasatiempos y en donde no faltan la pareja de novios que tiene espacio para la cultura en el paseo mañanero y sentimental, ni el buen padre de familia que lleva, ilusionado, a sus hijos para aprender en ellos su mismo inextinguible amor al libro y su misma insaciable curiosidad intelectual.

            Con motivo de las Fiestas de la Merced, celebróse, en la plaza de la Universidad, la III Feria del Libro de Ocasión. Libros, no por humildes, menos insignes, frente al gran centro de cultura que alberga, muy doctoralmente, doctos libros; tenderetes sencillos bajo una lona de entoldado ferial mostrando su fragilidad ante la recia fábrica universitaria. Ni un incunable. Mas ¿ cuántas posibilidades de un hallazgo feliz? Los que sólo compran libros nuevos no conocen esa sabrosa y dulce emoción del hallazgo ocasional e insospechado, ese placer maravilloso de la sorpresa, esa gozosa alegría de descubrir, de pronto, lo que hemos estabo buscando años y años. ¡Libros de lance! Lance es la palabra que se relaciona con la pesca, con la aventura, con el juego, con la vida heroica y azarosa, con todo lo que da un poco de encanto y de emoción a la existencia humana.

            Un hallazgo, y aunque sólo sea el placer de encontrar lo que será recreo para nuestro espíritu, bien justifica la visita a esta Feria del Libro.

Article: “Glosa a la feria del libro de ocasión”, Luis Marsillach, Gaseta Municipal de Barcelona, setembre de 1954.

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“Segons alguns inventaris exhumats pel savi arqueòleg Mn. Josep Gudiol, ja a principis del segle XV foren gravades a Catalunya diverses estampes, en qual cosa dóna a entendre que fou entre nosaltres on primer es manifestà aquesta mena de gravat; el procediment emprat pel gravador o gravadors que les feren resta inconegut; però com que se sap que fra Francesc Domènech, qui gravà en 1488 una Verge del Rosari i un Sant Antoni, ho feu a l’aiguafort, és de creure que els primers desconeguts gravadors catalans també feren sos gravats a l’aiguafort, que és el procediment més fàcil.

Al Museu de Berlín es conserven el rei, cavall i sota d’oros, corresponents a unes cartes catalanes de darrers del segle XV. El rei figura amb un oro en la mà que representa un segell de cera semblant als que usaven els reis de la monarquia catalano-aragonesa; les altres figures representen escuts de Catalunya dintre un rombe coronat amb la llegenda Valénsia. Sembla que a poc d’haver-se descobert la impremta, s’instal·laren a Barcelona impressors alemanys que es dedicaren a publicar llibres i a gravar amb cisell sobre planxes de coure.

Un gravador valencià, Francesc Ribalta, firmà un Sacrifici d’Isaac a últims del segle XVI; i són també de 1606 i 1608 uns gravats de Diego Astor, deixeble del Greco, reproduint algunes obres d’aquest pintor genial.

En el segle XVIII hi ha en varis indrets de Catalunya gravadors d’ofici, els quals, degut a l’ncrement que han anat prenent els gravats al boix, es dediquen pacienment a fer-los per a les estampes, per als goigs i per a la il·lustració de devocionaris i d’altres llibres. Entre aquests gravadors, que els podríem nomenar de comarca, hi ha Antoni Sabater, a Ripoll; Josep Pey, a Olot; Vicens Victòria, a Dènia i Pere Pascual, a Barcelona, aquest amb tals especials condicions, que la Junta de Comerç de la ciutat comtal el subvencionà per a que aprengués amb el cèlebre gravador Dupuy, de París.

A mitjans del segle XVIII l’Acadèmia de Sant Carles va instituir a València l’ensenyament del gravat i, com a deixebles dels mestres d’aquest temps, sortiren després un estol de bons gravadors, entre ells Francesc Montaner, E. Boix, E. Monfort, J.S. Fabregat, M. Brandi ( gravador d’una remarcable perfecció) i el valencià Antoni Vàzquez.

A últims del segle XVIII, hi hagué molta activitat entre els editors, que publicaven generalment les obres il·lustrades amb gravats. Navarro, Peleguer, Dordal, Gascó i d’altres, col·laboraren en la primera edició de la Bíblia traduïda pel P. Scío, il·lustrada amb 200 làmines i publicada per primera vegada a València per J. i T. d’Orga, en 1791.

Los bibliófilos de Marià Fortuny

Entre els aiguafortistes sobresortiren Baye a Madrid i Tramulles a Barcelona. Pot considerar-se tambe com a tal el formidable Goya; i més darrerament, també el reusenc Marià Fortuny, que resultà digna de parió del gran pintor aragonès.

Paral·lelament a aquests mestres hi hagué a Catalunya molts aficionats, el mateix en l’art de gravar el boix que en l’aiguafort.

En el primer, alguns impressors es feien, per pura afició, les imatges dels goigs que imprimien, els culs de llàntia, els gerros decoratius, inclús petites vinyetes.

Per això parlem d’aquesta manifestació del gravat que tingué a Catalunya molt caràcter d’art popular, i no parlem dels gravadors litògrafs, car l’art de la litografia esdevingué, a partir dels seus primers temps, un ver ofici. No és possible en ell el dilettantisme, que és el que fa l’aficionat i el que dóna caràcter popular en moltes arts.

Seria altament lloable aplegar, en un Museu o sala especial, les belles mostres del gravat a Catalunya. Això serviria per a establir els fonaments de la història de les arts gràfiques a les nostres comarques, i segurament per a esbrinar bé el procés de la imatgeria gràfica a Catalunya. El resultat fóra, probablement, la certesa de qué en aquest art ens pertoca un lloc ben preeminent entre tots els pobles d’Europa; el mateix per la prioritat amb que aquí es publicaren estampes i goigs, que per la perfecció amb qué s’arribaren a estampar.

El gravat” a Art Popular i de la Llar a Catalunya, Joaquim Pla Cargol, Dalmau Carles, Pla, S.A. –Editors, Girona, MCMXXXI.

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“ Todoslos años, por el mes de Septiembre, los transeuntes madrileños ven alzarse alte las verjas del Jardín Botánico, unos inmundos barracones de madera, sin pintar ni cubrir de tela alguna, que, al ocaso, cuando el azul del cielo se descompone en fastuosas gamas, son una nota sórdida entre la pulvurencia dorada del ambiente, bajo las copas de los árboles, que empiezan a teñirse con los oros de otoño. A pesar de su aspecto mísero, esos recintos están muy concurridos por personas de todas las categorías sociales, desde el hombre de mundo bien portado, hasta el humilde obrero inteligente; porque, eso sí, para frecuentar tales barracones hace falta, por lo pronto, que el individuo no sea analfabeto y, luego, que no se halle desprovisto de cualquier inquietud cultural. Creo habréis comprendido que se trata de la feria de los libros viejos.

¡Los libros viejos!… Hay en ellos un encanto agridulce que es el encanto de lo desconocido, puesto que han pasado por otras manos antes que por las nuestras y han conmovido antes que a las nuestras a otras almas; tienen para nosotros la atracción de mujeres que se nos entregaran después de haber amado y de cuyas historias anteriores nada supiéramos jamás, acicate perverso de la imaginación. Las librerías de nuevo no nos pueden sorprender, porque, al entrar en ellas, vamos buscando ya una obra determinada que se encuentra o se debe encontrar allí – ¡ay!, no siempre se encuentra, no siempre están muy bien surtidos los libreros españoles -; pero esos puestos o tenduchos donde, sobre montones polvorientos, se amontonan los libros usados, nos reservan deleites indecibles. Allá no vamos a buscar nada, pues bastaría que persiguiéramos un título definido para que, por lo mismo, no se encontrara allá, y vamos a buscarlo todo. ¿Cuántas sorpresas gratas hemos recibido en esos paraísos de lance! Un día, es el libro que anhelábamos hacía años, que incluso habíamos encargado al Extranjero, por no existir aquí, y que tampoco se nos había servido por estar agotado; otra vez, es un ejemplar roñoso de una obra antigua, anotado preciosamente por un sutil comentarista anónimo; cuando menos lo esperamos, es un volumen nuestro dedicado a un amigo y vendido por él sin arrancar , siquiera, la dedicatoria, lo cual puede ilustrarnos mucho acerca de su amistad y de la admiración que siente por nosotros.

Anatole France, que es un formidable bouquineur, ha escrito en su Pierre Noziere páginas deliciosas acerca de los célebres puestos y tiendas de bouquins del Pont-Neuf parisiense y sus alrededores. Y es que los establecimientos de esa clase constituyen un verdadero acervo de emociones para quien sabe extraer lo que de inefable encierran las pequeñeces de la vida. ¿Suele ser tan asequible lo inefable y logra uno emocionarse a tan poca costa!

Entre la heterogénea clientela del librero de viejo no predominan los literatos, como a primera vista pudiera presumirse. Esto tiene, hasta cierto punto nada más, explicación: muchos profesionales no disponen de tiempo para invertirlo en esa tarea de rebusca, que no es fácil ni corta; otros desdeñan, claro está que injustamente, el libro usado y no lo compran sino nuevo; otros, la mayoría, no lo compran ni nuevo ni usado, porque no quieren parecerse al benaventiano príncipe, y aseguran que “leen en la vida”, aunque hacen sospechar que no leen en ninguna parte y que, además, viven lo mismo que dentro de un baúl; otros, en fin, tampoco compran libros usados ni nuevos, pero, en cambio, venden los que se les regalan, cosa que no deja de ser una compensación.

De los escasos escritores españoles que compran con frecuencia volúmenes de lance, Baroja y Azorín se cuentan entre los más significados. Nuestros chamarileros de la librería los conocen muy bien y los adoran, porque ninguno de ambos regatean nunca. Y ved cómo, por ello, se pierden ambos el mayor placer de la bouquinerie, el placer de pagar cincuenta céntimos por el libro que, nuevo, vale diez pesetas o más, y por el que nos pedía cuatro el librero, que acababa de adquirirlo en dos perros gordos. A veces se queda uno así con una obra que no ha de leer y que no sirve para nada; pero resulta tan barata, que no se va a dejar para otro semejante ganga pudiendo aprovecharse de ella.

Article: “El encanto de los libros viejos” de Germán Gómez de la Mata, a La Esfera: ilustración mundial, núm. 302, Madrid, ocubre de 1919.




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“Ja és sabuda l’anècdota del senyor que un dia decideix comprar tres metres de llibres. Comprar llibres a metres, i demanar, a més, que tinguin el llom de color vermell, o verd, perquè «facin joc» amb els mobles o la paret, és considerar els llibres des d’un doble punt de vista: de prestigi i ornamental.

O més exactament, potser: ornament de prestigi. Tot alhora.

 El que ja no és tan «normal» —i em sap greu, ara, no recordar on ho he llegit— és que un senyor que estava greument malalt encarregués als seus hereus abans de morir que compressin llibres i els posessin a la sala d’estar. I no pas per llegir-los, ni per acompanyar les seves últimes hores amb lectures serenes o amenes, sinó perquè quan hagués mort i la casa s’omplís de visites, la presència dels llibres «fes bon efecte». Què haurien pensat d’ell, si no veien llibres a casa seva?

És possible que aquell senyor, mentre estava bo, no hagués rebut mai ningú a casa, o que el seus amics de confiança ja coneguessin el seu desinterès per la literatura; en tot cas, és clar que el fet de no tenir una petita biblioteca no li produïa cap trauma, que es diu ara. Però mai no se sap qui pot comparèixer a casa quan un s’ha mort… La gent té cops amagats, detalls inesperats de cortesia o d’amistat, i fins i tot rampells de tafaneria… Previsor, en un dels darrers moments de lucidesa l’home pot demanar: «Compreu llibres…»

 Ha pogut viure sense llibres durant tota la seva existència, però els necessita per quan sigui mort. Vet aquí si ha arrelat en la nostra societat allò que els experts en diuen «la imatge»! Confio que els hereus no tan sols hauran satisfet el desig del malalt, sinó que hauran tingut la precaució intel·ligent de treure el plàstic que avui dia embolica molts volums perquè no es facin malbé. Almenys que pugui semblar que el difunt va obrir aquells llibres alguna vegada…

Els hereus, però, es devien trobar amb un problema: quins llibres comprem? Seria una mica exagerat, en aquest cas, instal·lar en un prestatge visible una colla de volums de la «Bernat Metge» de clàssics grecs i llatins.

Una «passada» cultural… Una col·lecció de novel·les policíaques? Home, això massa poc… Ja fan bonic, ja, les obres completes d’en Pla, però que tots els llibres siguin del mateix autor… «No ho sabíem —podria dir la gent— que el pobre difunt fos un fanàtic d’en Pla».

 Si m’haguessin encarregat la feina a mi, potser hauria anat a una llibreria de vell i m’hauria endut un quants metres de llibres diversos, bons i dolents, antics i actuals, cars i barats, perquè l’aspecte del prestatge fos més creïble. Perquè una biblioteca personal o familiar, una biblioteca modesta però de debó és sempre una suma irregular de volums que han anat arribant de mica en mica, l’un darrera l’altre. Una biblioteca d’aquestes és bonica, encara que, certament, no fa bonic.

S’han pronunciat – o diuen que s’han pronunciat – abans de morir algunes frases memorables. Des d’aquell “passi-ho bé, senyor Llanas”, que Llanas va dir-se a ell mateix, fins al “més llum!” de Goethe, passant per la divertida frase d’Arrieta, l’autor de Marina.La nit abans de morir, un amic li preguntà com es trobava, i vet aquí la resposta: “Molt malament. Si quan surti el sol em diuen que m’he mort, no m’estranyarà gens”. Ara podem afegir a l’antologia aquest original “compreu llibres!..”

Article: “Llibres post mortem”, Josep M. Espinàs, Avui, 9 gener 1987.

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 “La mañana, redonda y lustrosa como una manzana, cuando marzo marcea y el invierno huye con su capucha de nieblas y de lluvias, y un sol, todavía adolescente, ilumina Madrid.

Cuesta de Claudio Moyano. De ser el día festivo, lo más probable es que hubiera descendido al Campillo del Mundo Nuevo, a la Cuesta de las Descargas, donde Madrid tiene su tercera feria del libro usado. La primera, por su antigüedad, la formas las librerías de viejo de la calle de San Bernardo y adyacentes; la segunda, estos tenderetes, por los que paseo mi curiosidad a derecha e izquierda, pues a un lado están las pequeñas tiendas y al otro los caballetes con revistas y publicaciones con portadas de colorines.

El mercado cultural del Campillo de Mundo Nuevo solamente funciona los días en que los almanaques pintan en rojos sus números, mientras que el adosado a la tapia del Botánico se halla en misión cultural permanente, pues los establecimientos se abren a las diez de la manyana y se cierran “con la hora lunar”, como me dijo uno de los simpáticos industriales, que fue, en su mocedad, pastor en la provincia de Jaén, que llevaba al campo libros en los fondillos de los pantalones, pues ya se hallaba aquejado de la bella manía de la lectura.

Sólo tres días de descanso al año.

Ahora tiene aquí, en la Cuesta, su puesto y no desde ayer precisamente, sino desde el año 1934, disfrutando, como todos los demás libreros de Claudio Moyano, solamente de tres días de asueto al año, el 1 de enero, el 18 de julio, y el primero de mayo, festividad de San José Obrero.

Desde 1924 existe la feria.

Pero no perteneció el antiguo pastor al clan de los fundadores, que fue inaugurado diez años antes, en 1924, haciendo a Madrid más gracioso, más culto, al abaratar la cultura, aunque hayan sido necesarias algunas concesiones a la novelilla insustancial, llamada rosa, pero colocándola fuera del comercio, más al aire libre todavía.

Ni aun allí tiene la Cuesta aspecto de zoco, como sucede en las Descargas, donde las publicaciones esperan al comprador, en el mismo suelo o a bordo de carritos de mano.

De los fundadores, solamente queda uno, el señor Casado, cuarenta y cinco años en la brecha que es el departamento señalado con el número 16. Los demás, en su mayoría, son hijos o parientes de los primitivos dueños, porque rara vez pasan a ser propiedad de otras personas, ajenas a la profesión o que habiendo sido también libreros no se encuentren, de una forma o de otra, vinculados al grupo fundacional.

Al gunos de estos industriales tienen dos o tres puestos aquí mismo, su establecimiento en la calle de San Bernardo o su stock de libros raros o curiosos, en un primer piso de una casa corriente.

El público de la feria.

Por la Cuesta de Claudio Moyano, pasa un mundo tan curioso como los libros de los especializados.

Me lo dijo uno de los comerciantes allí establecidos:

Por aquí desfila toda clase de público, personas cultas, catedráticos, políticos, especialistas y hasta los que pretendiendo hacerse pasar por gente cultivada, nos dicen: Yo me llevaría este Diccionario, pero no tiene índice.

Como frecuentadores de sus puestos me señalan los nombres de dos ministros, los senyores Iturmendi y Fraga Iribarne.

Continúa fijo el recuerdo de tres hobres eminentes, aficionados a curiosear en estos estantes, Baroja, Marañón, “Azorín”. Cuentan en la actualidad con un adalid, excelente periodista, escritor de buenas letras, Juan Sampelayo.

Y no de ahora – me dicen – sino de siempre.

En una ocasión le hicieron un agasajo en un restaurante de Vallecas, y cuando necesitan que se escriba algo en defensa de su pequeña y lírica industria siempre cuentan con Sampelayo dispuesto a hacerlo.

Recientemente falleció uno de nuestro gremio, cuyas circunstancias económics aconsejaban ayudar a los suyos. De la necesidad de hacerlo se hizo eco don Juan, a quien estimamos en lo mucho que vale.

Transformación en los gustos de los lectores

También aquí se observa una transformación en los gustos de los lectores.

Ahora vienen muchos más jóvenes que antes, aunque posiblemente el porcentaje de compradores no haya aumentado ni disminuido en proporción apreciable y lo que suceda sea que ha crecido la población de Madrid, pasando de menos de un millón a mas´de tres millones. Es perceptible el aumento de una clientela juvenil, lo mismo de chicos que de chicas.

– ¿ Qué vienen buscando?

Por lo general cosas definidas, no a ver lo que encuentran, y dispuestos a llevarse cualquier obra.

– ¿ Cuáles son esas cosas definidas?

Por una parte obras que traten de filosofía, política, historia y arte. Poco humorismo y poca novela. Por lo que se refiere a los escritores de la generación del 98 o de un poco antes o un poco después los preferidos son Baroja, Valle-Inclán, “Azorín” y Galdós, éste más en las novelas que en los Episodios Nacionales. Algo menos José María de Pereda. No falta doña Emilia Pardo Bazán.

– ¿ Y de poesía?

Salinas, Alberti, Antonio Machado.

Encontré en la permanente feria varios diccionarios rusos.

Me sorprendió que los jóvenes buscasen novelas de Víctor Hugo, con preferencia Los Miserables; menos, que pidieran Guerra y Paz, de Tolstoi, y menos todavía, las prestigiosas obras de anticipación de Julio Verne.

 

Feria permanente del libro usado” per Ángeles Villarta . El Libro Español, INLE, nº 136, abril de 1969.

 

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Jaume Dubà

“Es una de les llibreries de vell més tronades de Barcelona, però durant els anys trenta i quaranta era plena cada dia d’estudiants, que hi anaven a vendre i a comprar els llibres de text. La va fundar Jaume Dubà. La seva vídua l’ha mantinguda oberta uns quants anys més i ara liquida el negoci. Aquesta setmana serà l’última.

 Cap altre llibreter de vell no s’ha interessat pel local. Diuen que hi posaran un bar. Es troba situat al carrer dels Tallers número 80, al cantó acostat a la plaça de la Universitat. En aquest tram del carrer dels Tallers hi havia hagut tres llibreries de vell. La Conte va desaparèixer fa pocs anys. Quan la llibreria Vídua J. Dubà tanqui, només en quedarà una, la Cervantes, una llibreria molt activa fundada i portada per Ramon Mallafrè, que als seus 85 anys encara es posa cada dia darrere al taulell. El senyor Mallafrè, que fins fa dos anys muntava parada els diumenges al mercat de Sant Antoni, també es va dedicar, aquells anys trenta, quaranta i cinquanta, al llibre de text. “Abans, els catedràtics donaven els mateixos llibres de text any rere any, però ara no. Cada curs els canvien. Fa uns vint anys, pel cap baix, que hem deixat de comprar llibre de text”. Després de la guerra, va fundar una altra llibreria. Però la va obrir lluny de la Universitat, al casc antic. És la Canuda, situada al costat de l’Ateneu Barcelonès i la porten els seus fills.

Ramon i Santi Mallafré

 Els voltants de la plaça de la Universitat, en especial el carrer Aribau, van ser, durant una època, la zona reina de les llibreries de vell. Un germà del senyor Dubà, Rogeli, era un dels més prestigiosos llibreters de vell del carrer Aribau. Quan en època de l’alcalde Porcioles els llibreters dels barracots de Santa Madrona, van haver de tocar el dos, a causa de les obres del Metro de l’estació de les Drassanes, van triar aquesta zona universitària. Es van instal·lar just al darrere de la Universitat, al carrer de la Diputació. Un d’aquests llibreters és Josep Rodés. La parada de Santa Madrona l’havia oberta el seu pare el 1902, any de la creació del mercat estable de llibre vell.

Llibreries carrer Diputació, ja no hi són.

El senyor Rodés va trobar feina de corrector al Diario de Barcelona i va deixar la seva dona al capdavant de la parada del carrer de la Diputació. Acabada la feina al diari, va veure que amb la parada no en tenia prou i va obrir una botiga. S’esdevenia això l’any 1979. La botiga ja no la va obrir al voltant de la Universitat, sinó al casc antic, on ara hi ha una part considerable de les millores llibreries de vell de Barcelona. La va obrir al carrer dels Banys Nous.

Josep Rodés i Dolors Bach

Al casc antic, entre la llibreria Canuda i la llibreria Marca de la plaça de Sant Just, hi ha la Puvill, Gabemet, Batlle, Creus, Balaguer, Costa, Delstre’s, Novecientos, Selvaggio, Violan i la de les germanes Sala, entre altres. Darrerament s’hi han instal·lat dues més, la Rangel del carrer d’en Bot i la que han obert Joan Ignasi Sandoval i M. Àngels Serra, de Santes Creus, al carrer dels Banys Nous. El senyor Sandoval, que va començar a vendre a Barcelona a la fira dels dijous de la Catedral, la va obrir el febrer de l’any passat.

Josep M. Marca

 La llibreria Vídua J. Dubà liquida aquests dies el negoci. La botiga és plena de novel·les rosa, novel·les de l’oest i d’exemplars de la revista Selecciones del Reader’s Digest, llibres i revistes molt envellits, que s’han venut i s’han llogat a baix preu.

Abans, el petit establiment del carrer dels Tallers era ple d’estudiants i no ho era només a principis de curs. L’estudiant acostumava a anar curt d’armilla, en especial l’estudiant que combinava les obligacions de la carrera universitària amb les obligacions de la vida bohèmia, i quan es trobava amb una necessitat urgent i ja s’havia gastat la paga que li donava el seu pare, es venia els llibres de text un divendres i els recuperava un dilluns. En aquells temps, quan els llibres de text eren llibres de text, els volums tenien una utilitat triple. Servien per aprovar el curs, per exercir la bohèmia amb puntualitat i per donar vida a les llibreries de vell.

Mort d’una llibreria de vell”, Lluís Bonada, Avui, 1 de març 1989.

Fernando Selvaggio

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Una vez al año no hace daño; eso dice el refrán que, como la mayor parte de los refranes, tiene dos vertientes: la verdadera y la falsa. Visitar una vez al año – desplazándose del lugar provinciano en que uno reside – las librerías de viejo, de lance, de ocasión, de libro usado… que hay en Madrid puede motivar una indigestión a causa del apresuramiento y, por descontado, cierto agobio originado por la coincidencia, en breves días, del hallazgo de “piezas” perseguidas y que, de intentar adquirirlas, nos ocasionarían un congestivo e indefectible impacto económico. Mas el poseído del vicio de realizar tales visitas no puede eludirlas, tanto por propiciar el oportuno “descubrimiento” como por dialogar con libreros estimados por cuanto pueden informar de datos curiosos relacionados con el libro. Así, por ejemplo, nos aclara uno de ellos la razón del porqué los libros del siglo XVII suelen estar vulgarmente impresos- Obedece ello a que tales libros estaban sujetos a “tasa”, la cual era impuesta por ciertos “tasadores” – meros burócrtas de entonces, no peritos en determinadas calidades estimativas y valorativas del libro -. Dicha tasa imponía a los libros un freno, y ello redundaba en su deficiente confección. De ahí lo ordinario de su impresión, con carencia de gusto editorial, sin exigencias materiales o artísticas.

Me produce amargo regocijo escuchar a un librero cuando manifiesta que se molesta si no vende, pero que también se molesta cuando vende, como si le doliera desprenderse de determinadas obras que posee entre sus fondos. Hasta tal punto es así, que a veces llega una persona preguntando por un concreto libro, y se le dice que no lo hay, cuando la verdad es que sí se tiene. La realidad es que existen obras que podríamos considerar “clave”, y no hay apresuramiento para venderlas, ya que su mercado está asegurado al ser permanente su demanda.

Se hallan libreros que van al negocio con un acentuado interés mercantil; no son censurables; ejercen su profesión y son muy libres de marcar los precis a su albedrío, puesto que la clase de libros que ofrecen nadie está obligado a adquirirlos, y respecto a los mismos suele pagarse más el capricho que la necesidad profesional. Pero si recordamos esto es para traer a colación las añoranzas de algún librero ya maduro de edad; rememora sus años iniciales, cuando ponía libros en el suelo, en espera de que algún transeúnte se dignara pararse, mirar aquellos y luego… regatear. Uno de tales libreros recuerda cuando siendo muchacho de una tienda le encargaron los dueños que fuera a una casa de la cual les habían ofrecido libros. Al llegar quedó asombrado, pues se trataba de un gran salón ostentoso, con las paredes repletas de volúmenes, más otros que había por el piso. Preguntó temeroso por el importe de la tasación y le dijo ( se trataba del administrador de un título nobiliario) que cuatro mil pesetas; el muchacho, aunque apenas entendía de libros dijo – incitado por el sentido común – que sí, que aceptaba el precio. Pero luego fue cohibido a comunicárselo a sus patronos, pues temía que estos le rechazaran la oferta. También aceptaron la adquisición – aunque tuvieron que pedir prestadas las cuatro mil pesetas.

Este mismo librero fue en otra ocasión llamado para ver unos libros que le ofrecían. Tras breve discusión con la anciana, llegó a un acuerdo en el precio a satisfacer por los libros que se veían. Mas, repentinamente, la mujer dijo:

  • Bueno, se los dejo en lo que me ofrece. Pero con una condición: que se lleve usted un montón de libros que tengo en el desván, y que me están estorbando mucho.

Ni que decir tiene que los libros buenos estaban en el “montón” que la mujer no vendía, sino que regalaba con tal de que se los quitaran de casa.

Cajón de sastre

Pregunto si destaca alguna preferencia en las demandas, en las peticiones de los clientes. Me dicen que no. Las solicitudes suelen ser variadísimas temáticamente: Madrid, País Vasco, Galicia, Asturias, toros, heràldica, Cervantes, relojes, sexología, cocina… Durante una mañana oí como una persona reiteraba la misma pregunta en varios puestos; deseaba obras “sobre” Santa Teresa, y puntualizaba que “sobre” Santa Teresa, no “de” Santa Teresa.

Es curioso el confuso ambiente dialéctico que se crea en ocasiones. Entra un cliente en una librería y comienza a hablar con el dueño sin que quienes están allí puedan enterarse de nada a pesar del tono alto y el empleo de términos habituales. Su diálogo resulta incomprensible para el profano en la materia cuando citan autores, ediciones o títulos que son para ellos como símbolos. Los escuchantes ignoramos tales referencias, y resulta sumamente extraño que no hablando los otros de nada esotérico, sino de libros, de autores, de ediciones, de catálogos…, su conversación resulte ininteligible para el oyente.

Me cuentan cómo un muy buen coleccionista de Quijotes los vendió cuando se sintió viejo, por el dolor que le producía sospechar que su familia, al fallecer él, desbarataría su colección. También el placer de don Roque Pidal cuando mostraba el ejemplar de “El Cid” que tenía en una habitación de su casa, metido en una urna de cristal colocada sobre una especie de catafalco,,,

Librerías de viejo. Visita de un provinciano” per Luciano Castañón, El Libro Español, INLE 1974.

Foli 74 recte del Cantar de mio Cid, on es pot llegir el explicit «Qui escrivió aquest llibre de Déu paradís, estimin / Per Abbat li escrivió al mes de maig a era de mil e. CC XLV anys »

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“Però no s’han fixat vostès quin guirigall s’ha armat amb això del dia del llibre? Com si hagués entrat un gat en un galliner!

 Durant uns dies tot és parlar de si el llibre això; de si Cervantes allò; que els llibres són el menjar espiritual per excel·lència i discursos per aquí, conferències per allà, etc., etc.

 Als impressors això ens ha de alegrar, ja que com més llibres es venguin més probabilitats hi ha que no falti treball a les impremtes: a les impremtes, per descomptat, que es dediquen a imprimir llibres, que no totes estan muntades per a això, i tot i d’aquestes, les que haurien de tocar els resultats de tal propaganda, haurien de ser les que imprimeixen bons llibres i posen en això tot el seu saber i bona voluntat per tal que els lectors s’adonin que els serveix un llibre ben corregit i no un enfilall tal de pífies que no hi hagi estómac sa que els pugui digerir.

 Perquè, senyors, jo estic d’acord amb el que va dir que no hi ha llibre tan dolent que no porti alguna cosa bona i també estic convençut que és difícil que no hi hagi llibre, per ben cuidat que estigui que no tingui algun lunar o en què no s’hagi escapat alguna errada, ja que l’absoluta perfecció, tant en els llibres com en tot el que depèn de la humana naturalesa, és impossible aconseguir-la; no obstant això, quan repasso un llibre i començo a ensopegar amb un continuat descuit de les més elementals regles que em van ensenyar al començar l’ofici de caixista, i això està més estès del que a primera vista sembla, em convenço que hi ha molt a ensenyar i que cada dia endarrerim en comptes d’avançar en el camí de la perfecció tipogràfica.

 Perquè jo, com els cridaners de la festa o dia del llibre, estic d’acord amb la propaganda que es fa i que poc o molt contribueix al fet que es comprin més llibres i a què es llegeixi més, i també crec que el llibre ha d’estar ben escrit, que sigui instructiu, moral, etc., però a més de tot això que pertoca a l’autor i de la presentació (paper, gravats, etc.) que va a càrrec de l’editor, deu també pensar-se en que l’impressor ha de lluir les seves habilitats tenint cura que els blancs estiguin ben proporcionats, la tinta amb el mateix to en tot el tiratge i sobretot que es cuidi bé l’espaiat, que no vagin seguits més de tres guions, que no surtin barrejades lletres d’altres caràcters, que l’ interlineat sigui uniforme i en obres il·lustrades, que els gravats no estiguin torts, que el marge d’aquests no sigui desigual, que no s’escapin lletres en els finals de línia i altres petiteses per l’estil.

 Quan arriba a les meves mans un d’aquests llibres que, sota el pretext que són barats, no hi ha per on agafar-los; llibres que comencen per ser traduccions (mal traduïdes en general), mal impresos i pitjor corregits, els quals, per portar una coberta cridanera, són el reclam de gairebé totes les llibreries, i per ser barats (o semblar-ho, perquè el dolent sempre és car), són els que per honrar el dia del llibre tenen més sortida, pregunto jo: ¿no hi hauria manera de què el dia del llibre servís per donar sortida només a llibres bons per tots els conceptes? Això redundaria en benefici (honra i profit) d’autors, editors, llibreters i impressors.

 Del públic que compra no vull ocupar-me per que crec que no té ell la culpa que se li serveixi gat per llebre.

 Què entén el pobre comprador (referint-me a la part tipogràfica), de les mil i una faltes que se li poden passar a un caixista?

Què sap ell (excepte explicades excepcions) d’ interlínies, d’espaiats, de línies tortes, de tipus barrejats, de la importància de cada titular, de lletres tapades, de marges i, en molts casos, d’ortografia.

 Nosaltres, els impressors, som els cridats a honrar el llibre esporgant-lo, llimant-lo i deixant-lo net i agradable, sense distreure el lector amb detalls de mal gust, que està en la nostra mà apartar de la vista del públic.

A  l’establir el legislador, amb molt bon acord per cert, el dia del llibre, segurament que ho va fer amb el sa propòsit de ‘desasnar’ a la major quantitat possible de ciutadans, ja que el públic intel·ligent no necessita, afortunadament, que li assenyalin dia un cop a l’any per comprar els llibres que li proporcionin gaudi espiritual i coneixements generals; però alguna cosa i encara molt podem fer de la nostra part si ajudem tan bones intencions esforçant-nos nosaltres en adquirir els estudis necessaris perquè de les nostres mans surti l’obra tan perfecta possible.

¡Caixistes, impressors, enquadernadors, tots els que integrem les Arts del llibre, a treballar amb fe i entusiasme en aquesta magna empresa, que és de tots i per a tots!

 Que el gran Gutenberg es mostri, en el seu somni etern, orgullós dels seus deixebles! He dit.

Article: “Demano la paraula” de Miguel Pujolar, a La Gaceta de las Artes del Libro y de la Industria del Papel, Barcelona, desembre de 1927.

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“La afición al libro viejo incluye una diversidad tan numerosa de matices y categorías, que pudiera muy bien ser objeto de una clasificación científica fundada en la psicología. La peculiar al coleccionista acaso fuera demasiado elemental para aplicarla al bibliófilo, al bibliómano y al bibliomaníaco, aunque nos ofrecería desde luego algunas generalidades más ó menos utilizables para el caso.

 Por de pronto, el verdadero aficionado á libros viejos suele ser el más apasionado de entre todos los coleccionistas. Frecuentísimo es el caso en que para él no haya otra cosa bajo la bóveda celeste en esta baja tierra que impresione en papel de diversos matices, hojas volantes, folletos, libros en caracteres diminutos, encuademaciones en tafilete, pergaminos, pastas jaspeadas, lisas ó con filetes, cortos rojos, amarillos ó azules., El volumen constituye para aquéllos una obsesión que nada es capaz de desarraigar; una idea fija, en derredor de la cual todas las demás se aminoran y desvanecen, Descuret, en La Medicina de las pasiones, nos hahla de un bibliómano que en los instantes mismos de la muerte ordenó que abrieran la ventana de su alcoba á fin de contemplar por vez postrera un tenderete de libros que había frente á su casa. A este hombre le importaba mucho más dejar los libros en el mundo que á la familia angustiada que le perdía. Es un caso patológico que pudiera designarse con el nombre de “locura voluminosa», por ser el volumen su causa eficiente; hay que advertir que en el fondo de todo bibliófilo se descubre muchas veces un loco pacífico.

Como todas las ideas que germinan en el alma de los grandes hombres, la bibliomanía se inicia en la edad juvenil; á veces en la infancia; llega hasta la extrema vejez y hasta la muerte, como acabamos de ver en el bibliómano Descuret.

Un bibliófilo que empieza á formar su biblioteca en la edad madura carece de las condiciones esenciales de la clase; éste es un hombre apagado, sin impulsos, naturalmente reflexivo, que adquiere libros como compra cuadros y muebles para alhajar su vivienda. Cuéntase de un diestro famoso que al instalar su hogar le advirtió un amigo que allí no veía ningún libro. El maestro, confrme con la necesidad de remediar la falta, encargó dos mil pesetas de libros – sin fijarse en cuáles ni cuántos – á un librero de la Puerta del Sol.

Un aficionado auténtico hubiera sido incapaz de cometer semejante herejía.

Los libreros que se instalan anualmente en la Feria en los primeros días del mes de Septiembre conocen perfectamcnte á la clientela que los favorece con sus adquisiciones.  Los hay tan expertos, que á las primeras palabras de su interlocutor echan de ver que de la transacción iniciada no va á resultar nada práctico, y, en consecuencia, se muestran económicos en obras y palabras. Otros descubren á las primeras de cambio la inclinación del comprador, la índole de sus aficiones; á casi todos los libreros de la Feria les son familiares los buscadores de gangas, que están en mayoría entre los visitantes del mercado, desgraciadamente para la profesión.

 A decir verdad, las gangas escasean notablemonte en el mercado bibliográfico madrileño, habiendo llegado casi al total enrarecimiento.

Sobreabundan allí la Medicina y el Derecho no vigentes; la Teología arcaica y los libros militares anteriores á los gases asfixiantes; las publicaciones oficiales, faltas de mejor empleo, y las novelas y obras históricas que se leyeron con mucho interés en los primeros años de la Restauración alfonsina. También se descubren Diccionarios y enciclopedias extranjeras, escritas éstas en idiomas poco asequibles á las masas (alemán ó inglés). Entre aquellos provechosos repertorios menudean los Calepinos, los Miñanos y, sobre todo,los Madozes — 10 volúmenes en folio, con encuademación de la época y en buen estado de conservación—. El Diccionario de don  Pascual Madoz se asemeja á las obras capitales que la Humanidad  nos ha legado: á la Biblia, La Ilíada, La Divina Comedia y el Quijote, en que es una obra inagotada é inagotable. Quedan Madozes para innumerables generaciones.

 Pero aun cuando en la Feria no se encuentren “libros preciosos” y de singular rareza, como dicen en las cubiertas de sus catálogos los libreros que encomian excesivamente su mercancía, una mano exporta y adiestrada puede descubrir todavía en estos tiempos de escasez universal algunas curiosidades en prosa y verso y hasta manuscritos inéditos que ofrezcan algún invento. Los libros que allí se ven colocados en toscos estantes ó en tarimas donde antaño reposaron ciudadanos ignorados, permanecieron muchos años en lugares poco frecuentados: en desvanes, guardillas, sótanos, bodegas y pajares. El olor denuncia la naturaleza del yacimiento, que va á exponerse con brusca transición al sol, al aire y á la lluvia.

La ignorancia amontonó muchas voces entre la balumba, alguna joya caída en profanas manos, destinada fatalmente á orearse en las saludables brisas del Botánico.

 En tiempos más lejanos, era la Feria frecuentada por insignes personajes: Castelar, Pi y Margall, Cánovas, Carvajal y Menéndez Pelayo, nunca se desdeñaron en revolver infolios polvorientos ni pergaminos ennegrecidos por los años. Verdad es que entonces ofrecía mayor interés la mercancía.

Article:” Bibliófilos y bibliómanos” per C.R. Salamero, a La Esfera, n 457, 7 octubre 1922.

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