
““El súmmum per a un bibliòfil és aconseguir primeres edicions”, assegura Josep Porter, que de totes maneres s’afanya a fer una distinció crucial en el si del gremi: “De bibliòfil s’hi neix, mentre que de col·leccionista un s’hi fa.” Ell, evidentment, forma part del primer grup. Nascut el 1901 a Montblanc, en el si d’una família humil i del tot illetrada, per una estranya inspiració ja de petit va demostrar una afició desmesurada per la lletra sobre paper, i també pel cant, dues virtuts —així cal entendre-ho a la vista de la seva obra— que no l’han abandonat mai.
Per complaure les ànsies del fill, els Porter i Rovira es van traslladar a Barcelona, la capital, on Josep Porter va tenir ample camp per triar i remenar. El 1923 va obrir la llibreria que duia el seu nom, aviat famosa entre el públic lector i un dels pocs oasis de cultura de què va gaudir la societat barcelonina durant el franquisme.

Fruit de la seva activitat com a llibreter, queda un testimoni, avui dipositat a la Biblioteca de Catalunya, de 500.000 cartes amb corresponsals de tot el món. I això a part de les biblioteques temàtiques, com la dedicada al tema del llibre, un dels fons constituents de la Biblioteca Bergnes de les Casas. O també la menor, només de 5.000 volums, sobre la figura de Cristòfor Colom, conservada a la casa pròpia. El llistat és interminable.
“Colom era català, però avui no parlarem d’això. Ni tampoc no hauríem de parlar gaire de mi. L’important són els 50 anys de l’Associació de Bibliòfils de Barcelona, una entitat que l’únic defecte que té és que se’n parla poc.” Porter és l’únic supervivent del grup de fundadors i un vehement defensor del llibre com a objecte d’art: “Salvar textos antics rars, com fan moltes associacions bibliogràfiques espanyoles, està molt bé i és elogiable. Però per si mateix no respon a l’ideal de fer llibres bells.” Seguir aquest ideal ha estat la tasca de l’Associació en els seus cinquanta anys d’història. Des dels inicis, Porter hi ha brillat amb llum pròpia, amb l’optimisme que li és propi i les seves fondes conviccions: “La bibliofília és un confort espiritual que uneix tots els éssers humans, ben allunyat de l’esperit rebel que avui impera al món.” Amb els bibliòfils, però també participant en la fundació de l’Institut d’Estudis Nord-americans, impulsant la creació de l’Orquestra Ciutat de Barcelona i participant des de principis de segle en l’Orfeó Català i l’Ateneu Barcelonès, entre moltes d’altres entitats, Josep Porter té en el seu haver un més que extens historial cívic.
Article:”La fília als llibres” d’Ignasi Aragay, Avui, 20 abril 1994.
Dues primeres imatges: Exposició Virtual Miquel Porter i Moix/ Centre de Recursos per a l’Aprenentatge i la investigació . CRAI UB.

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“Librerías de viejo
Al decir librerías “de viejo” ya se sobrentiende que se trata de librerías donde venden libros que se caracterizan por su escasez en el mercado, bien por haber transcurrido bastante tiempo desde que fueron editados, bien por tratarse de una edición limitada que los hace escasos. Lo que sucede es que el libro “viejo” aparece raramente, y a causa de ello las librerías que antes tenían esa exclusiva dedicación, también venden libros actuales, aunque seleccionados a gusto de una clientela determinada – a veces casi exclusivamente extranjera.
Conforta a los provincianos visitar estas librerías persiguiendo las piezas que uno sabe que existen y que, sin embargo, faltan en la biblioteca particular. Y conforta aún más hallarse con verdaderos libreros “de viejo” – mejor que “de lance” i “de libro usado” – como algunos madrileños, así, por ejemplo, los veteranos Antonio Trelles Graiño, Antonio Guzmán, Ángel Gomis…
Antonio Guzmán sabe mucho sobre el libro antiguo; hace años publicó algún artículo en la revista “El Bibliófilo” sobre esta materia. Yo le animo a que escriba sus memorias de librero, y él no renuncia totalmente a hacerlo, dejando abierta la posibilidad de que algún día se decida. Habla poco, pero contesta a todas mis preguntas y lo hace con detalles exhaustivos. Rebusco en su librería y veo la palabra “Belmonte” en un manuscrito; cuando comienzo a sentir un cosquilleo emotivo, me afirma; “ pero es el Belmonte de Cuenca; si fuera el de Asturias ya se lo habría llevado un amigo que tengo en ese lugar”. Clientes suyos fueron las figuras más representativas – dentro de los aficionados a los libros – de la capital; uno de ellos era Gregorio Marañón.¿ Pero aún disponia de tiempo para venir a buscar los libros personalmente?
Tenía tiempo para todo. Y su biblioteca era la mejor que pueda poseerse sobre libros de viajes.
Porque ya se sabe que el aficionado a esta clase de libros suele tener una especialidad: incunables, ediciones del “Quijote”, toros, temas madrileños, Andalucía, bibliofilia, relojes… Y, claro, estas especialidades conllevan de los aficinados una serie de manías de difícil desprendimiento. Hay tal prisa por adelantarse en la adquisición del libro raro que aparece en el mercado y que a uno le falta, que la mayor parte de las veces, apenas verlo en el catálogo anunciador, ya se llama por teléfono al librero para que lo reserve; pero otros van más lejos, así; el librero envía el catálogo a censura, y un empleado de este departamento ya le pide alguna obra – antes de que el catálogo se distribuya -; otros exigen del librero que les muestren las pruebas de imprenta antes de que se imprima el catálogo, para elegir lo que él desea; otro aficionado, nada más recibir el catálogo, se trasladaba en taxi a la librería, y allí iba leyendo las fichas y exigiendo que le apartaran las preferidas. En este sentido, los de provincias estamos desamparados, aunque los libreros madrileños, por cierta concesión, suelen enviar sus catálogos a provincias con cierta antelación, a fin de que sean recibidos por todos sus clientes en la misma fecha.
En una de estas librerías dialogan dos expertos en bibliografía taurina; uno de ellos lo hace con una seguridad pasmosa, y cualquier insinuación del otro la supera él con datos más precisos. Hablaban de los toreros asturianos Casielles y Praderito como si los conocieran de siempre, y, cuando yo, creyendo que proporcionaría un dato poco conocido digo que existe un folleto sobre toros dedicado a Gijón, el “entendido” me dice que hay tres ediciones, que su portada es así, que su color es aseo, que en cierta ocasión sintió la tentación de robarlo, etc.

Cuesta de Moyano
Son bastante diferentes las librerías de viejo madrileñas, diferentes en el sentido de su tamaño, de su ordenamiento, de su contenido. Algunas están perfectamente organizadas, con unos empleados fríos que te contestan burocráticamente, te muestran las fichas que deseas y sanseacabó; otras tienen acumuladas las obras en aparente desorden, digo aparente porque los dueños suelen saber, aunque no siempre, el contenido de cada “montón”. Buscamos en tal acumulación, pero a veces resulta difícil por la inaccesibilidad de algunos libros, dada su altura o dado el peso que sobre los mismos recae. No obstante, cuando tras buscar y rebuscar en estos “montones” o en las hileras rebosantes de títulos hallas un folleto que sacaste de un fondo olvidado y compruebas que no lo tenías, compensa el esfuerzo y las horas baldías que llevabas dedicado al posible hallazgo.
Resulta difícil, en las librerías especializadas en el libro “viejo”, encontrar lo que suele denominarse “ganga”; los libreros saben sobradamente lo que poseen, el interés que por ciertos temas existe, y valoran las obras en relación al verdaderamente interesado, al caprichoso, ese que ha de pagar su afán desmedido por la obra que persigue. Por eso consuela enormemente ver cómo alguna vez en la Cuesta de Moyano aparece un bloque de libros con un letrero; “ a cinco pesetas”, o “ a veinticinco pesetas”; aquello entonces parece una pelea por la lluvia de manos desbrozando el apilamiento de libros sobre el tablero en busca de algo preferido. Son ocasiones raras y supeditadas a una venta global de alguien que ignora el valor de ciertos libros. Lo normal es que alguien posee una buena biblioteca tantee entre los libreros expertos para obtener el mayor beneficio posible.
Article: ”Ya no se encuentran gangas”de Luciano Castañón, El Libro Español, INLE, 1972.

